—Sí, respondí, volveré pronto si Dios lo quiere. Dejadme abrazaros á todos antes de partir.

—Adios, mi querido Enrique; recuerda mis consejos. Nada han hecho para darte voluntad, es una gran desgracia; las pasiones toman en nuestra alma el lugar que la voluntad no ocupa. Hazte convicciones razonadas y un carácter enérjico; así es uno hombre. Toma una profesion independiente; no esperes la fortuna sino de tí mismo. No inclínes la cabeza ante nadie, no tengas que ruborizarte ante Dios, y no te inquietes del porvenir. La felicidad no está en las cosas de la tierra, si no en la alegria de una buena conciencia; la verdadera grandeza es la de un hombre honrado, que se ha elevado por el trabajo y la virtud. Adios, sé cristiano y ciudadano; recuerda que para dominar el egoismo que nos devora, hay dos fuerzas invencibles: el amor de Dios y el amor de la libertad.

Adios, mi Susanita, escoje tú misma tu marido. No mires ni la posicion ni el dinero, mira el corazon, en él está la única riqueza que nada tiene que temer del tiempo ni de los azáres. Toma sobre todo un hombre á quien estimes y que piense como tú; ten orgullo del padre de tus hijos. El amor se vá, la confianza y el respeto quedan en el hogar, y con el tiempo llegan á ser algo mas dulce y santo que el amor. Cuando tengas hijos, deja espandir sus almas; no les enseñes la cruel sabiduría de esa sociedad que todo lo reduce al interés; déjalos soñar, como su abuelo, aunque como él deban sufrir. Los mas desgraciados aquí abajo no son los que lloran.

—Adios mi querida Jenny, perdonadme si os he ofendido y permitidme que os dé un último consejo. Vosotras las Francesas, teneis demasiado espíritu y penetracion; para ser dichosas es necesario mas simplicidad. Por qué salir siempre? el mundo no puede ofreceros sino ajitacion y fastidio. Recordad lo que ha dicho San Pablo: “El hombre no ha sido creado para la mujer, pero la mujer ha sido creada para el hombre.” Casaos con vuestro hogar, daos por placer el hacer la voluntad de vuestro marido, y por último sed la reina de esa colmena donde Dios os ha colocado: en ella está la felicidad que buscais fuera, y que os espera en vano en una casa desierta. Ah, mi Jenny, porque no hemos nacido en América,—allí residian el amor y la felicidad!

Mi mujer estaba muy ajitada; lloraba, pero al oír mis últimas palabras se retiró de mis brazos, sollozando cuando la abrazé. Enrique recibió mis caricias con aire frio y embarazado; solo Susana se colgó de mi cuello y me inundó con sus lágrimas.

Volví á abrazarlos á todos, y partí para no volver mas. Bajar la escalera, subir en el carruaje donde el coronel me esperaba con sus pistolas, fué asunto de un instante. Pregunté á Saint Jean á donde íbamos.

No lo sé, dijo; seguimos el carruaje de Olybrius, creo que nos lleva á Saint-Mandé, á algun jardin particular. Desde que han desfigurado Vincennes y el Bosque para hacer Parques ingleses, no hay donde divertirse. Batíos en una avenida que dá vuelta; apartad todas esas jentes que os siguen la pista pisando vuestras pisadas. Nos falta un campo cerrado en Paris; es una vergüenza para el viejo honor francés, voto vá á Sanes.

El coronel estaba monótono y se repetia mucho; me apresuré á ofrecerle un cigarro que le tapó la boca, y, hundiéndome en un rincon del carruaje, seguí la moda francesa que consiste en reflexionar cuando ya no es tiempo. A mi edad, y por una causa semejante, aquel duelo era una locura, á la que me habia dejado arrastrar por un tonto brutal. Iba decidido á no contestar al fuego de Olybrius; pero eso no me justificaba. Necio de mi que no habia sido capaz de resistir á una estúpida preocupacion! En aquel momento si, que recuerdos y remordimientos me trasportaban á América! Volvia á ver las dulces y leales fisonomías de aquellos buenos y sincéros amigos que me habian elevado hasta ellos. Truth, Humbug, Naaman, Green, Brown mismo sonreian á mi alrededor, y con ellos toda aquella familia Americana que hacia la alegria de mi corazon, sin olvidar á Marta ni á Zambo. Qué diferencia entre los dos paises! El Paris en que estaba me parecia una ciudad estranjera, las calles de mi infancia habian desaparecido, y con ellas mis recuerdos; mis vecinos me parecian ignorantes, vanidosos, egoistas; sus actos, su lenguaje, todo era convencional; nada habia en ellos de verdad ni de simplicidad. En ocho dias, pasados en Massachusetts, respirando la atmósfera de la libertad, habia vivido mas que en Paris durante cincuenta años. Mis ojos se habian abierto, el viejo hombre habia desaparecido; mi patria estaba allí donde me amaban, allí donde vivia; mi alma volaba al otro lado del Océano.

Absorto en aquel fantaséo no volví en mí sino al bajar del carruaje. Estábamos en el patio de una gran casa, con ventanas de reja,—algo parecida á un convento, á un colejio ó á una cárcel. En el fondo habia un jardin que Reynard me designó como lugar del combate, invitándome á entrar en él, mientras arreglaba con el coronel y dos amigos todas las condiciones del duelo.

Avancé sin desconfianza; de repente cerraron la reja tras de mí; volvíme, cuatro hombres vigorosos me cojieron de piés y manos; resistí como un furioso, grité, ahogaron mi voz. En un abrir y cerrar de ojos fuí llevado á una sala baja, echado, sujetado y atado en un sofá. En seguida todo se puso á dar vuelta delante de mi con una increible celeridad; una masa de agua helada cayó sobre mi cabeza, y me desmayé.