—Os batís.
—Qué nos batimos? dije muy asombrado. Y cuando?
—Al instante,—sobre la marcha, como se decia en el rejimiento.
—Es muy peligroso dejar enfriar estas cosas. Por haber esperado veinticuatro horas he perdido diez ocasiones. Mi carruaje está abajo; podemos partir; tengo pistolas exelentes, os gustarán. A treinta pasos he hecho saltar la oreja de un caballerito, que me miraba de reojo so pretesto de que era visco. Vamos, amigazo, los momentos son preciosos. Adelante, voto vá á sanes!
—Dentro de un momento soy con vos.
—Vais á abrazar á vuestra mujer é hijos? mal sistema! eso enternece y la mano tiembla despues. Nada de adioses trájicos; bebed un vaso de Madera y fumad dos cigarros; eso retempla la moral y le dá nervio al antebrazo.
—No tenia ninguna necesidad de exitar mi valor; la cólera me arrebataba. Entré en el salon, Jenny pálida y muda estaba allí con sus hijos abrazados; todo lo habian oído.
—Partís con el doctor? me dijo Jenny con agonizante voz.
—Sí, querida amiga; probablemente estaré ausente algunos dias.
—Volvereis pronto? dijo; en seguida se detuvo como asustada.