—Pardiez! repuse, ahora veo que tengo mas razon de lo que creía. Si hubiérais tenido talento habriais tenido enemigos; os hubieran hecho esperar hasta los cincuenta años y no habriais sido recibido sino por un voto de mayoria. Los tontos no ofuscan á nadie, y así entran á la academia como en un molino.
Habia ido demasiado lejos, lo comprendia. El coronel reía á descostillarse; pero Reynard me miraba de una manera estraña, y Olybrius se ahogaba. Ví el momento en que cambiándose los papeles, era el enfermo quien iba á sangrar al médico. El abogado tenia sin duda oro potable en su gasnate; dos palabras dichas al oído de Olybrius le devolvieron al imbécil toda su serenidad. Una sonrisa diabólica iluminó los pliegues de su rostro. Se acercó al coronel, le pegó en el hombro, y le llevó á un rincon, siempre seguido de Reynard, su fiel consejero.
Esa manera de obrar, ese conciliábulo, tenido en mi casa y sin mí, me pareció estraño. Me paseaba á grandes pasos, próximo á estallar, cuando Olybrius salió sin saludarme. Reynard, al contrario, me hizo una profunda reverencia. El coronel se me acercó con aire alegre. Sus ojos brillaban.
—Sabeis, dijo, frotándose las manos, que lo habeis puesto de lo lindo al parroquiano?
—He hecho mal? respondí.
—No digo eso, repuso Saint Jean; me habeis dado un gran placer, voto vá á sanes. Detesto esos paisanos que se hacen cubrir de decoraciones sin haber jamás arriesgado sino la piel de otros; pero, entre nos, el hombre no vá contento! Es natural, no es verdad? Dice que le habeis insultado; exije que le deis una satisfaccion.
—Yo? esclamé.
—Estad tranquilo, dijo el coronel, le he hecho entender la razon, y he arreglado el negocio.
—Muy bien.