—Señor, le dije, acabemos esta comedias; hace mucho tiempo que dura y estoy fatigado.

Olybrius se puso colorado hasta las orejas.

—Señor, dijo, engrosando la voz, vos lo tomais en un tono singular.

—No os incomodeis, querido doctor; os dariais un ataque de aplopejía.

—Doctor Daniel, díjo rechinando los dientes, yo no sufro inpertinencias. Sabe usted con quien habla, mi hombrecito?

—Sí, con un hombron, con un tonto.

—Caballero, dijo, olvida usted que tiene delante un hombre condecorado por todos los soberanos de Europa?

—Deveras! esclamé, tengo visto muchos. Oid su historia. Se hace empastar en marroquin colorado un volúmen de necedades, se le depone en la embajada, y no pasa mucho tiempo sin ser nombrado comendador ó caballero del Hipopótamo ó del Cóvidor. Cruces! es la limosna que los príncipes arrojan á los mendigos de la literatura.

—Sabeis señor, repuso, Olybrius, echando espuma de rabia sabeis que á los treinta y dos años he sido nombrado miembro de la academia de medicina por unanimidad.