Dirijirse á MM. Ginocchio hermanos. 70. William-Street.

—Pueblo de mercaderes! esclamé mostrando el puño á los pasantes, raza grosera que hace marchar revueltos y al mismo paso los negocios, los sentimientos, el algodon y las ideas—doy gracias á Dios de no pertenecerte. Viva el pais del ideal, viva la Francia, que se la arrastra siempre con una palabra sonora, la Francia que, alabado sea Dios! no piensa jamás en sus intereses sino cuando es demasiado tarde! Nuestra locura vale mas que la prudencia de estos Yankees; nuestra pobreza es mas noble que su riqueza. Cuatro asnos de Italia, y el precio del puerco, hé ahi las grandes noticias de Europa para estos colonos ignorantes! Y ni palabra de Francia, de las nuevas modas, del baile de la Corte, de la última novela, del último vaudeville. Pálidos vándalos, no tengo para vosotros sino desprecio.

A la vez que daba libre curso á mi justa cólera, no queria dejar de dar las gracias al periodista que el dia anterior habia hablado de mi. Fuese quien fuera aquel folletinista, no me convenia deberle una atencion. Honrarlo con mi visita, era quedar á mano con él.

Entré en una casa de poca apariencia, que tenia por toda muestra una placa de cobre, clavada en la pared, y sobre la cual se leia: PARIS-TELEGRAPHE, Truth, Humbug y Ca. propietarios. directores. Una puerta de sarga verde estaba frente á mi, la empujé y me encontré en presencia de un hombrecillo vestido de negro y abrochado hasta el cuello: era M. Truth. Sentado delante de un escritorio de jacarandá, tenia en la mano unas tijeras enormes, cortaba largas tiras de papel de un diario inglés y las echaba á una especie de buzon de cartas que comunicaba con la imprenta. Era la redaccion á bajo precio.

—Qué quereis, Señor?—preguntóme sin levantar la cabeza, ni interrumpir su trabajo.

—Señor, le dije con voz grave y reposada, soy el doctor Daniel Smith, bombero de la séptima compañía, el mismo cuyo elojio habeis tenido la bondad de hacer en vuestra hoja de ayer.

—Bien, dijo el periodista continuando sus recortes—¿Qué quereis?

—Daros las gracias, señor: pagar la deuda de agradecimiento.

El hombre miróme con aire sorprendido.

—No me debeis nada, doctor. Publicando vuestra bella accion, he hecho mi oficio; y me habeis valido ayer mas de doscientos dollars. No me debeis pues, ningun favor.