Con lo que continuó su trabajo, sin invitarme siquiera á tomar asiento.

—Señor Truth, le dije en tono seco y digno, no me ocupo de los motivos que os hayan hecho obrar ayer. Me habeis hecho un servicio, soy, y me reconozco vuestro deudor.

Iba á salir cuando levantó de nuevo la cabeza y fijó en mi sus grandes ojos negros, cuya espresion dolorosa me hirió.

—Doctor, dijo con voz jadeante, si tratais absolutamente de chancelar una deuda imaginaria—la ocasion se os presenta. Decidme con toda sinceridad de qué enfermedad sufro, y cuanto tiempo me queda de vida:

Se levantó, púsose la mano sobre el corazon y se detuvo de repente. Una asma violenta le oprimia. Le tomé el pulso, escuché su respiracion—le ausculté—Tenia síntomas que no permitian engañarse.

—Doctor, me dijo Truth, os pregunto la verdad. Cuando se tiene, como yo, la costumbre de decirla á todo el mundo, se tiene la fuerza suficiente de escucharla por su cuenta. Tengo necesidad de saber en que estado me encuentro.

—Teneis, le respondí, una enfermedad al corazon, que está lejos de ser incurable. Los cigarrillos de stramonio os aliviarán. Pero si quereis sanar, os son necesarios, el aire puro, la vida tranquila, el descanso del alma y del cuerpo, cosas todas que no se encuentran en la oficina de un diario.

—Gracias, doctor, me dijo:—vuestra opinion es la misma que mi médico me ha dado esta mañana. Es necesario renunciar á las fatigas de mi profesion; sea, cuanto mas pronto, mejor. Un Yankee nunca mira atrás.—Doctor, compradme mi diario. Os vendo mi parte por veinte mil dollars; en seis meses los habreis ganado—¿Aceptais?—

—Peste! esclamé, lijero andais!

Periodista yo! es un honor en el que no he pensado jamás.