CAPITULO XI.
De la máxima protectora,—que la vida privada debe ser sagrada.

Me habia acurrucado en mi sillon, reflexionando en mis adentros sobre el triste espectáculo que tenia á la vista. Anarquia devorante, espionaje jeneral, perturbacion universal, el gobierno en manos de todo el mundo, hé ahí esa prensa tan ponderada! Enregimentad pues, un pueblo con semejante enemigo á vuestro lado!

—Eh bien, querido doctor, me dijo Truth con voz cariñosa, ya sabeis ahora como se hace un diario. ¿Os seduce?—¿sereis mi sucesor?

—Nunca! jamás! respondí echando para atras mi asiento por un movimiento involuntario. Lo que veo me espanta; os jugais con todo lo que me han enseñado á mirar como respetable y sagrado. Que se ataque á un ministro ó á los diputados, poco me importa, estoy habituado á ello; en todos tiempos los ministros han servido de blanco á los señores folletinistas; el gacetero mas célebre es el que hecha abajo dos ó tres. Si hay paises y pueblos á quienes divierte esa destruccion, que les haga buen provecho! Les deseo dos ó tres revoluciones para curarlos.... Pero la vida privada, señor, debe ser sagrada, entendeis, completamente sagrada.

—¿Quién ha dicho eso?—preguntó Humbug, con un aire pillo que no probaba sino su ignorancia.

—Señor Humbug, respondí, es M. Royer-Collard, un gran metafísico, que jamás ha tenido ideas propias; pero que ha fundido en bronce y grabado en acero las ideas de otro. El es, el ilustre sábio, que ha pronunciado esta palabra de oro, que debiera fijarse en toda oficina de diario: La vida privada debe ser sagrada.

—Vuestro gran metafísico ha dicho una necedad, respondió Humbug. ¿Acaso puede uno ser un pícaro en la vida privada y un Fabricio en la vida pública? ¿Qué es la vida privada? ¿Dónde comienza, dónde concluye? Gritar al perro rabioso ¿es un ataque contra la vida privada ó contra la vida pública? Si nuestra marina es robada por impudentes proveedores? es la vida privada la que se ataca denunciando al ladron? Si el honorable M. Little, rico con los millones de otro, quiere una vez mas despojar á los simples en provecho de su codicia insaciable; ¿es atacar su vida privada decirle á M. Little que es un bribon?

—Señor, dije á aquel impudente, vos no dudais cuanto podria responderos; pero bastará una palabra. Hé ahí al intendente de Paris que ha cedido á una desgraciada debilidad. Quizá ha caido en el lazo tendido por alguna sirena de baja ralea, y á no dudarlo, esta falta no la ha cometido en calidad de majistrado municipal.

¿A qué viene ese ruido, ese escándalo, esa difamacion de un hombre cuyo error, no os concierne, al fin del cuento?