—¿Para qué?—dijo Truth con una frialdad digna de Robespierre, para hacerlo presentar su renuncia. ¿Quereis que prediquemos en nuestras familias el respeto al vínculo conyugal y el horror al vicio, en presencia del adulterio entronizado en la casa municipal?—Eso no se puede. Es el honor de la vida privada lo que nos responde de la virtud pública. De otra manera, la política es una comedia donde cada uno lleva una máscara, desempeña un papel y se divierte en hablar de conciencia, de derechos, de deberes, sin creer palabra de lo que dice. Puede suceder que los pueblos niños se diviertan con esas farsas peligrosas, y que concluyen siempre mal; pero en América todo es sério. Que nuestros corrompidos vayan, si les agrada, á arruinar su salud, y comerse su dinero del otro lado del Atlántico: entre nosotros es necesario ser respetable para ser respetado.

—Hé aquí una carta del intendente, dijo un empleado; presenta su renuncia.

—Señor Truth, esclamé, todavia hay tiempo, detened la impresion del diario, haced desaparecer una sentencia que no concierne sino á un simple ciudadano, un juicio que va á hacer la deshonra de un hombre y la desgracia de una familia. Borrad de vuestro resumen esas líneas odiosas que hieren con una nueva mancha, y que la justicia no ha previsto, una falta escusable sin duda. ¿No hay mas que Catones en América?; y, ya que siempre hablais del Evanjelio, ¿no hay alguno entre vosotros que haya leido la historia de la mujer adúltera? En nombre del cielo, sed humano.

—Yo no soy ni humano ni cruel, respondió Truth con su tono glacial; no soy una persona, soy un diario, es decir: un éco, una fotografia. El resumen quedará como está; lo siento por el culpable; pero, yo tambien tengo una mision que cumplir, no transijo con la verdad.

—Pero esa mision, esclamé indignado, os la dais vos mismo!

—¿Es menos santa por eso? replicó el periodista. Comprended, pues, el papel que desempeño. En una sociedad enteramente ocupada de sus asuntos, de sus intereses, y que sin embargo se gobierna á sí misma ¿cómo se conserva la libertad?—¿Cómo se mantienen y engrandecen las ideas jenerosas? ¿Cómo se respeta el derecho, cómo se estima la virtud y se recompensan los servicios? Gracias á la prensa, invencion mas admirable todavia que la del vapor y la de la electricidad. Nosotros los periodistas, somos el éco de la sociedad, éco formidable, trompeta estrepitosa, que aumenta todos los ruidos, los esparce hasta los confines del hemisferio y va á despertar la conciencia pública mas embotada. El bien ó el mal, todo nos sirve; el bien, para hacer palpitar de gozo y de emulacion á todos los corazones; el mal, para sublevarlos de indignacion y de disgusto. Ayer habeis realizado un acto heróico.—En Rusia, en España ¿quién lo habria sabido?—algunos amigos, algunos vecinos, un barrio. Gracias á nosotros, treinta y un millones de hombres van á repetir el nombre del doctor Smith; tres millones de jóvenes envidiarán vuestro valor y se prometerán imitarlo. Hé ahí la obra de esos panfletistas, á los cuales estimais tan poco. Hoy dia se ha dado un escándalo, una falta cometida por un majistrado. La justicia ha condenado al hombre, la prensa condena el crímen y lo hace odiar y detestar por toda la nacion. Mientras mas grande es la caida, mas formidable es la leccion. Nuestra dureza apesadumbrará á una familia y herirá á algunas almas tímidas; salvará de una debilidad semejante á millares de hombres á quienes alentaria la impunidad. Sin duda alguna, nuestro rigor nos valdrá una enemistad mortal—¿Qué importa?—¿Pongamos en balanza nuestro deber y nuestro interés? Doctor, sed menos severo con nosotros.—Teniendo necesidad de estas cualidades para ser periodista, ¿cuántos hombres de estado serian capaces de desempeñar nuestra mision,—cuántos aceptarian resueltamente nuestros peligros y nuestra obscuridad?

—Bravo, Truth! gritó Humbug; hablais como un libro, mi buen amigo,—como un libro que dice la verdad: Rara avis in terris, nigroque simillima cycno.

—Hay ambiciones que se ocultan, repuse, furioso contra Truth y contra mí mismo (las palabras del sofista me habian conmovido); tal se cree virtuoso haciendo alarde de severidad, que, en el fondo, sin saberlo, es juguete de su propio interés y corre tras la fortuna.

—La fortuna, dijo Humbug, no ha sido hecha para los periodistas. Doctor, amigo, el mundo es un teatro donde figuran tres clases de personas: espectadores, actores, autores. Los espectadores, sois vos, es Green, es Rose, son todos esos buenas jentes que no tienen ni vicios ni virtudes y que viven á la sombra de su viña y de su higuera. Los actores son una banda celosa que se parece á todas las compañías de teatro. El ambicioso, los charlatanes elocuentes, el avaro, el cobarde, el tirano, el lacayo, todos desempeñan su papel con gran placer del público, que aplaude á menudo, silba algunas veces y paga siempre. Esos primeros actores necesitan hermosos trajes, palacios, oro, mucho oro. Conocen el capricho de la multitud y abusan de él. En cuanto á los autores, en cuanto al poeta que ha creado la palabra á la órden del dia, que ha escrito el aire en voga, ó inspirado un trozo de literatura, á ese se le arroja un pedazo de pan y se le desdeña. ¿Qué es la idea para los hábiles? nada mas que una escarapela, todo está en usarla apropósito. Gritad durante veinte años que la libertad es la salud de los pueblos, y no sois mas que un éco, odioso á los que mandan, importuno para los que sirven. Llega un dia en que el pueblo cansado quiere sacudir el peso que lo abruma, el primer temerario que inscriba en una bandera la palabra que habeis repetido veinte años, ese será el elejido de la multitud; honor, dinero, poder, todo será para él. Una hora hará la fortuna de ese primer papel; él no tendrá nunca bastante desprecio para el periodista oscuro que, con veinte años de sufrimientos y de peligros, le ha preparado su triunfo? El pueblo juzgará como el actor. ¿Quereis una moraleja para mi cuento? Paris va á nombrar un intendente; estad seguro que se pensará en todo el mundo, escepto en un solo hombre que honraria ese destino; ese hombre es Truth. El dia que muera en la demanda, si yo no estoy ahí, no tendrá dos líneas de elojio en su propio diario. ¡Hé ahí como se recompensa en América la virtud cívica! y sin embargo, somos el primer pueblo del mundo: Ab uno disce omnes. Juzgad ahora de nuestra ambicion.

—Humbug, amigo mio, dijo Truth, ¿en nada contais el honor de ser amado y elojiado? La puerta se abrió por segunda vez, y se vió alargarse un hocico de garduña que no podia pertenecer sinó á M. Fox. Era él, mas risueño que nunca.