Entramos al Hotel de la Union; nos habian señalado á su dueño como uno de los electores influyentes de la ciudad. Pero en su casa, si el buen hombre llevaba las riendas, era su mujer la que le mostraba el camino. A la primera frase de Green, la fogosa matrona le cortó la palabra:
—Maldita sea la política, dijo.
—Maldita sea la hostería, respondió Green haciendo un profundo saludo á la señora.
—José, gritó la imperiosa Juno, insultan á vuestra mujer, se os ultraja, y os quedais ahí como un imbécil. Teneis sangre de pavo en las venas.
A esta voz terrible, José se quedó suspenso, abriendo tamaños ojos. En la calle creo que el bravo hostelero nos hubiera estrechado la mano de buena gana: su ancha cara, su lábio pendiente, su gran vientre, no anunciaban un rayo de la guerra; pero, en presencia de su mujer, juzgó prudente enfurecerse. Llevar la guerra al esterior, era el medio de conservar la paz en la plaza.
—Que venga, ese hermoso candidato, gritó con un vozarron que trataba de hacerlo malo, tengo á su servicio un cabestro para colgarlo.
—Muchas gracias, mi buen amigo, le dijo Humbug con tono almibarado, tendríamos escrúpulos de privaros de ese mueble de familia.
Hénos á todos riendo mientras huiamos de aquel antro de Polifemo; pero estaba cortada la retirada. En el umbral de la casa, la señora, erguida como un centinela armado, detuvo á Humbug, y temblando de cólera:
—Sabeis quien soy yo, le dijo.