—Quién no os conoce y no os admira, repuso Humbug, enderezándose con fatuidad, sois una niña encantadora, que no habeis llegado todavia á la edad de la discrecion.

Con lo que la saludó, dejando á la digna matrona mas muda y mas boba que la mujer de Loth en su última transformacion.

Estas no eran sino escaramuzas; habian reuniones públicas donde se discutian los títulos de los candidatos; allí se daba la batalla y se decidia la victoria. Habia llegado el momento de separarnos; era necesario que cada uno contribuyera con su persona. Me asignaron el Liceo. Entré en aquel inmenso salon, donde se ajitaba una muchedumbre inquieta. En el acto me reconocieron, y llamaron, todas las miradas se fijaron en mi; el miedo me cojió, de buena gana habria renunciado á esa candidatura fatal que me entregaba al público. Ay de mí! era demasiado tarde.

En frente á mí, un hombre trepado sobre un tablado hablaba y jesticulaba con estrema vivacidad; escuchábanle en silencio, y en seguida lanzaban hurrahs y gruñidos terribles: asi es, como se aplaude y se silva entre los Sajones. Aquel tribuno popular que sublevaba á su albedrio las pasiones de la multitud, era el abogado del banquero Little, era Fox, nuestro enemigo.

Apesar de maldecir al perillan, me veia obligado á reconocer en él cierto talento de que abusaba. Sério á la vez que chocarrero, tenia un modo de hacer el elojio de sus adversarios que los ponia en ridículo, un modo de ponderar sus candidatos que los realzaba á los ojos de todos. Concluyó por una rápida enumeracion de las riquezas que los bancos esparcian en América. Little se convirtió en un Júpiter que caia en lluvia de oro sobre el seno de una nueva Danae. A la voz del abogado, los caminos de hierro, los canales, los vapores vinieron á agruparse en torno del banquero para hacerle un cortejo electoral, mientras que con un jesto desdeñoso el orador nos mostraba al especiero nadando en su melaza ó confundido con la cuenta de sus sardinas y de su bacalao. Amigos de la paz, esclamó concluyendo, ¿nombrareis por jefe de la ciudad á ese fabricante de fósforos químicos cuya mercancia se encuentra en todos los incendios? Amigos de la libertad, ¿elijireis á ese vendedor de bacalao que alimenta á los esclavos del Sud, y que quebrará mañana si sus clientes, emancipados por nuestro valor, dejan de tomarle su mercancia envenenada? No, jamás descendereis á esa verguenza. Por mi parte, Yankee pur sang, amigo de la patria, orgulloso de todas nuestras glorias, antes que dar mi voto á ese hombre, preferiria mas bien votar por.... Se detuvo, guiñando el ojo y bajando la voz.... por el que, en su piedad universal, nuestras mujeres llaman un pobre anjel caido; no os lo nombraré.

Una salva de aplausos saludó al orador; descendió de la plataforma recojiendo felicitaciones y promesas. En toda asamblea hay siempre una majada de bobos que siguen balando al último que habla. No le bastaba aquel éxito al traidor; se vino derecho á mí, me tendió una mano que no me atreví á rehusar y con voz que resonó en todo el salon. Doctor Smith, dijo, á vos ahora; juego limpio para todos, esa es la divisa del Yankee. Me levanté cubierto de un sudor frio; de todas partes gritaban: oid! oid! Aquel ruido, las miradas fijas en mí, el silencio que siguió, todo contribuyó á hacerme perder la cabeza; una nube roja pasó por delante de mis ojos; mi voz se apagó en mi garganta, todo mi cuerpo temblaba siguiendo los latidos de mi corazon. ¡Cuánto no hubiera dado por comprar la facundia de aquel miserable! Yo tenia ideas mas nobles que las suyas, un patriotismo mas sincero: pero el abogado tenia la costumbre, el oficio; y á mi, ciudadano de un pais libre, ni á hablar me habian enseñado. Estaba vencido, y vencido sin combate.

Iba á enfermarme de cólera y de verguenza, cuando de repente Enrique mi hijo, viéndome palidecer saltó sobre la plataforma é hizo señas de que queria hablar. El cuerpo derecho, la cabeza alta, los piés en escuadra, la mano izquierda metida en el frac abotonado, saludó graciosamente y esperó que el tumulto se apaciguára.

—Es su hijo, es su hijo, decian de todas partes. Oid! oid! Todos miraban al niño con curiosidad; se hizo un silencio profundo, se hubiera sentido volar una mosca.

—Ciudadanos y amigos, dijo con voz clara y penetrante, no vengo á combatir al terrible Goliat, al banquero Little; no son piedras lo que me falta, el Filisteo ha arrojado bastantes en nuestro jardin; pero no tengo de David sinó la juventud, no tengo la fuerza para medirme con ese adversario demasiado ejercitado; todo lo que ensayaré es defender á mi padre y á mi partido; estoy seguro que entre vosotros, nobles corazones, no hay uno solo que no diga: Ese jóven tiene razon.

—Oid! oid! gritaban de todas partes: habla bien.