—El honorable sollicitor, continuó mi hijo, recalcando la primera palabra, no ama la especieria. Esto me admira. Hace tal consumo de sal ordinaria que nos reputaríamos muy felices de ser sus marchantes. Que nos la dé y le daremos de llapa la azúcar que le falta. El azúcar modera la bilis; de otra manera todo se vé amarillo, y es uno injusto con sus compañeros de armas y sus amigos.

No sé de donde sacaba mi hijo esa elocuencia de baja ley, pero era del gusto de aquella multitud ignorante: reian, aplaudian, las mujeres ajitaban sus pañuelos. En seguida respondian con una sonrisa: la asamblea era suya.

—No hablaré mal de los banqueros, continuó mi tribuno de diez y seis años; los banqueros son como los dentistas, es necesario no hacerlos nuestros enemigos, quién sabe si mañana no tendremos necesidad de ellos! ¿pero debemos poner en sus manos los intereses de la ciudad? Recuerdo que mi abuela, una santa mujer de Connecticut, nieta de nuestros padres los peregrinos, me repetia amenudo que habia oido á sus virtuosos antepasados, que el banquero sostiene al Estado como la cuerda al ahorcado: estrangulándolo.

—Tres gruñidos para los banqueros! gritó una voz estrindente, la voz de algun deudor perdido entre la multitud. Aquel grito tuvo éco, el salon tembló con esos aullidos que acariciaban mi oido paternal, como lo hubiese hecho una sonata de Beethoven.

—Mi abuela, continuó el niño exitado por aquellos hurrahs, nos proponia enigmas para divertirnos en las noches de invierno al lado del fuego; Si, se metieran, decia ella, en un mismo saco un banquero, un sollicitor y un sastre, y se sacára á la suerte, ¿quién saldria infaliblemente?

—Un ladron, repitieron veinte oyentes, encantados de encontrar un recuerdo de la infancia. Enrique se aproximó á la orilla de la plataforma, puso un dedo sobre su boca, y dijo á media voz:

—Esa es la palabra de que se servia mi abuela, pero hoy dia se dice: saldria un millonario afortunado.

—Cierto, agregó, yo no quiero mal á la fortuna, espero hacer mi camino como cualquier otro.

—Y tú irás lejos, mi pequeño jigante, gritó una voz gruesa que conmovió la asamblea.