—Mostradme, agregó mi hijo animado por aquel sufrajio, mostradme una fortuna honorablemente adquirida, navíos enviados á la India, á Terranova, á las Molucas, saludaré en la persona de Green veinte años de trabajo, de cálculos y de economías. Pero esas riquezas de azar, esos millones ganados al juego en un dia, no me hableis de eso: es el bien de otro que pasa al bolsillo del mas hábil. Fortuna sin trabajo, es fortuna sin honor! (Oid! oid!)
—Por otra parte, queridos conciudadanos, ¿es la fortuna lo que recompensais? ¿O es acaso, el valor y la abnegacion? ¿No es Green el noble capitan que penetró en una casa incendiada por salvar á vuestra mujer ó á vuestra hija, quizá? Ese niño que mi padre arrancaba ayer de en medio á las llamas, ¿no lo habeis adoptado todos? ¡Oh vosotras, conciencia nuestra, vosotras, estrellas de nuestras almas, madres, esposas, hijas, hermanas, hablad, señora!: ¿por quién se debe votar? (Oid, oid!)
—Amo á los valerosos que no temen entrar al fuego, continuó mi jóven Graco, pero no tengo inclinacion alguna á los que viven eternamente en él. No me admira que el caballero cuyo nombre no se dice, tenga todas las simpatías de nuestros adversarios: es muy natural que el honorable M. Fox, escoja su representante en su familia ó entre sus amigos; pero nosotros, que tenemos alianzas menos ricas, lo que necesitamos á la cabeza de nuestros negocios comunes, es un hombre honrado. Y ese hombre, no hay porque ocultarlo, es el hijo de sus obras, es el hijo de la ciudad, es Green.
—Hurrah á Green! hurrah á Smith! gritó toda la multitud arrebatada por la emocion. La victoria era nuestra. Enrique me buscaba con los ojos en medio de aquella batahola. Iba á escapar á su gloria naciente, cuando un robusto cazador de Kentucky, uno de esos jigantes que se jactan de ser mitad caballo y mitad cocodrilo, alzó á mi hijo á fuerza de brazo, y le hizo dar la vuelta del salon. Fué una salva de aplausos capaz de voltear las paredes. Todos los hombres estrechaban la mano al jóven prodijio, todas las mujeres lo abrazaban. Yo queria gritar:—¡Soy su padre! Pero por segunda vez el miedo se me atravesó en la garganta, y suspiré diciendo por lo bajo: Ay de mí! no ser yo mi señor hijo.
CAPITULO XIV.
Vanitas, Vanitatum.
Cuando la multitud se hubo escurrido, llevando á lo lejos la gloria y el nombre del futuro Webster, abracé á mis anchas al orador, y tomé de nuevo con él el camino de casa. Avergonzado del papel mudo á que me habia condenado mi ridícula timidez, no pude menos de zaherir un poco al Ciceron en ciernes.
—Hola! bribonzuelo, le dije, ¿dónde has adquirido esa facilidad de charlar y esa seguridad que nada perturba? Improvisar, declamar, unir el ademan á la palabra, ese arte perdido desde la antiguedad—¿dónde te lo han enseñado?