—Solo en vuestras democracias se imprimen semejantes infamias!
—Ya lo creo! respondió el sofista, contento de tomar al vuelo una nueva paradoja. En las monarquias del Viejo Mundo, se guardan de imprimir la calumnia, la dicen al oido: es un medio mas pérfido y mas seguro. No atacan á las jentes de frente, se defenderian: se las asesina por la espalda; es donde reinan sin rivales, la intriga y la mentira, alli es donde el principe es la primera víctima de ese veneno que él impide se exhale. Summa petil livor. La calumnia, doctor, es el flajelo y el castigo del despotismo; en un pais libre es una picadura de avispa; no se piensa en ella al dia siguiente.
—Señor filósofo, dije secamente, leed ese diario; se trata de vos.
—Razon mas para que no lo lea. Siempre es el mismo tema, con ocho ó diez sustantivos en epitetos pretencioso, para variar el estribillo. ¿Teneis la audacia de no seguir á los dóciles carneros que arrastran los hábiles guias? ¿os atreveis á tener una opinion propia y una voluntad? sois un orgulloso soñador y un ambicioso fanático. Decis la verdad á vuestros conciudadanos; ¿quereis ilustrarlos sobre las condiciones de la libertad, premunirlos contra los peligros de la anarquia? sois un infame aristócrata, un servil admirador de la pérfida Albion. En otros términos, abrirle los ojos al pueblo es arruinarla industria de los conductores de ciejos y echar á la calle á jentes honradas que nada perdonan.
¿Hablais francamente, llamais por su nombre los abusos, y á los que viven de ellos?—sois un adulador de la multitud, y un cobarde demagogo. Elojios irónicos si vuestra candidatura vá mal,—injurias groseras y comunes si triunfa: hé ahí la eterna cancion de los diarios y de los periodistas que no se respetan. Nos parecemos mucho á los órganos de Berberia. Ese es el placer de los envidiosos, de las comadres, y de las buenas jentes que tienen el oido falso. Es necesario ser induljente con las pequeñas miserias de la humanidad.
—Leed el artículo, repuse impaciente; veremos hasta dónde llega vuestra dulzura.
Una vez que hubimos entrado al salon, donde por fortuna estábamos solos, Humbug se puso á leer la injuriosa diátriba, mientras Enrique corria en busca de noticias.
Green no tiene de que quejarse, dijo riendo el morrudo periodista. Por la manera ruda como le tratan, es claro que sus acciones suben en plaza. Las mias no van mal. Un Falstaff descarado, es cosa linda ese Sileno avinado, á quien no falta ni su asno cuando el doctor esta ahí, es de una mitolojia que hace honor á la erudicion del escritor. Todo esto es la telum imbelle, since ictu de un partido agonizante.
—¿Porqué no se impide hablar á esos miserables?