—Tú no eres sino un Chino, le dije; y alejándome con un paso majestuoso, dejé á aquel miserable confundido con mi superioridad.
CAPITULO XIX.
Un sermon congregacionalista.
Cuando llegué á la asamblea, aun no habian comenzado los oficios. Nada hay tan triste como un templo protestante. Solo bancos de encina, ensambladuras que oscurecen los muros; nada de cuadros, nada de flores, nada de luces; algo descolorido y de melancólico que hiela los sentidos. Diríase que es un culto hecho para los ciegos. Me engaño, habia un adorno: era un gran carton sobre el cual estaba escrito con cifras enormes el número 129.
La iglesia estaba llena; pero de una multitud muda. Inmóvil en su asiento y absorto en su libro negro, cada fiel oraba, como si estuviera solo en el mundo con Dios. Nada de ruido, ni de sillas que se mueven: nada de ese encantador cuchicheo y esas reverencias entre las damas, que se felicitan de hacer admirar su piedad y su vestido; nada de ese desórden amable que hace que nuestras iglesias se asemejen á un salon de buena sociedad: aquello era el silencio de un bosque.
Por fin el Ministro entró. Una armonia mas suave que el suspiro del viento sobre la ola alzóse inmediatamente de todos los bancos. Hombres, mujeres, niños, todos cantaban con toda el alma, con un ardor y un ímpetu infinitos. Por vez primera, sentí, que la forma natural de la oracion, es el canto. Admirado de mi silencio, un vecino me mostró con el dedo la cifra misteriosa y me ofreció su libro de cánticos en el que estaba marcada la música. Se cantaba el salmo 129, ó mejor dicho, una imitacion cristiana de esa plegaria sublime que la Iglesia católica ha adoptado para los oficios de los muertos. Para llamarla por su nombre, era el Deprofundis, grito de esperanza y de amor, cuya costumbre nos oculta su belleza.
N’entends-tu pas mes cris au fond de cet abîme?
O mon Dieu, je meur loin de toi!
Écoute-moi, Seigneur je confesse mon crime,