El turbión, formidable ya no ruge;
ya amainaron las hórridas ventascas;
y en la manigua trágica y bravía
ya no vibra el tronido de las balas...
Ha pasado la noche dolorosa,
nuestra noche fatídica y amarga...
Auras de paz retozan en la tierra
y platean el cielo nuevas albas...
En las yermas campiñas y en las selvas
con la sangre del pueblo bautizadas,
lanza el toque de diana la corneta
y resucita la moderna Esparta...
Sobre el montón de ruinas y cadáveres
que queda del naufragio de la patria;
del sepulcro en que duermen tantos mártires
¡emerge, oh juventud! írguete y anda...
¡Emerge, oh juventud! ya entre el celaje
ríe la nueva aurora sospirada,
que ayer empurpuraron con su sangre
los genios salvadores de tu raza...

En la cumbre gloriosa del Calvario,
como un astro radiante, aún fulge el ara,
no logró el huracán con sus embates
derribar de ella a la deidad preclara...
Baja sin miedo con la frente erguida
a la candente arena, en que se entablan
las luchas de la heróica inteligencia,
y ante el bravo adversario avanza, avanza...
¡Oh, no temas caer ante el coloso
con el pecho horadado con las balas!
Tiene tu alma la fuerza de esos árboles
que, al caer, estremecen las montañas...
Compra tu libertad y tus derechos
con los propios esfuerzos de tu alma,
que la presente edad sólo nos lega
una herencia de penas y desgracias...
¡Triunfarás, juventud! con tu heroísmo
que no teme el peligro ni las balas...
Tú eres como el limbás[40] de nuestros montes
que al estallar el rayo, ¡vuela y canta!

[Nota 40]: (Limbás) Ave de rapiña, pequeña, de vuelo imperios.

Tú eres como esas águilas altivas,
que más se elevan en las nubes altas
cuando roza sus plumas el relámpago
y estallan en su frente las borrascas.
El choque engendra luz; por eso libras
contiendas con la pluma o con la espada;
brota el rayo del choque de dos nubes
y al golpe del martillo el fuego salta...

Cuando rodeada de banderas rojas
sucumbas en tu propia barricada,
nuestro ideal no morirá contigo;
¡el cuerpo se desploma, nunca el alma!
¡Venga el golpe hacia ti! Espera firme
y sitúate siempre a la vanguardia...
Procura no caer en la refriega
sin coronar la cumbre suspirada.
Si otra víctima exige el holocausto
escala con la cruz la sima sàcra,
que imitando a Isaac y a Jesucristo
salvarás en tu Gólgota a la patria.
Te miro triunfadora como Marte
hundir al despotismo con la espada,
galopar sobre un rayo de la aurora,
y ascender hasta el cielo de la Fama;
y, mientras sueña el alma con victorias,
predica el evangelio de tu raza
que nos enseña a estrangular tiranos
y a retar al Destino cara a cara...
¡Tú vencerás! Tú no eres carne fofa,
carne que se aniquila en las borrascas...
Tú no llevas encima de la frente
el Inri denigrante de los parias...
Adora ese evangelio que te obliga
a defender tus fueros con la espada,
como te obliga a levantar un trono
el inri denigrante de los parias...
Templa tu alma en el yunque del martirio;
en el martirio se sublima el alma
que batalla en el campo del trabajo
y trabaja en el campo de batalla...
¡Trabaja!--nuestra época es de luchas--
y cumple la misión a tí confiada,
de edificar sobre el montón de escombros
el majestuosa trono de la patria...!
¡Que te quepa la gloria inmarcesible
de coronar su frente inmaculada...!
Así, al brillar el sol del nuevo día,
y al ondear la enseña soberana,
podrás cantar ante la tumba ignota
de los caídos en la noche aciaga:
«--¡Dormid en paz, oh mártires anónimos,
inolvidables hijos de mi raza!
Yo coroné vuestra obra con el éxito».
Y después exclamar ante la patria:
«--¡Salve a ti, encantadora Filipinas,
yo te saludo, madre idolatrada!
¡Ya eres feliz, gloriosa y redimida!
¡Reina sobre la tierra libertada...!»

ALTIVEZ TAGALA

Lucho, aunque el fardo del pesar me abrume,
y bajo a la palestra sin recelos...
¡Triunfaré al fin! No soy cual ave implume
incapaz de elevarse hasta los cielos...
Me denuesta la envidia... ¡No me importa!
Yo prosigo impasible la jornada,
¡el vuelo del condor jamás se acorta
al silbo del reptil de la hondonada!

No mendigo un aplauso lisonjero,
ni algún laurel para calmar mi angustia.
El aplauso es un ruido pasajero,
y el laurel, verde rama que se mustia.
Para alegrarme en la hórrida cruzada
que libro, redimiendo mi inocencia,
me basta con mirar la cumbre ansiada
y contemplar sin manchas mi conciencia.
Sin armas entró en lid mi adversario,
y afrontó con valor el rudo embate.
La pluma puede el púgil literario
convertirla en espacia de combate...
¡Nunca fuí estoico!--El gladio yo he blandido,
siendo infante en el trágico espoliario.
La fuerza me arrolló, sentíme herido,
pero seguí a la patria hasta el Calvario.
En pró del bien no rehuyó el holocausto,
ni desertó del culto al patriotismo.
Yo amo tanto a mi patria--pueblo infausto--
que la erijo en altar mi pecho mismo.
¡No soy vil...! Yo odio la careta fea
con que oculta su crimen el malvado.
Que me diseque el corazón y vea
si lo tengo corrupto o inmaculado.
Mi alma, que el duelo despreciarlo sabe,
no teme de la sátira las balas.
¡Bajo lluvia de plomo se irgue el ave
porque cree en la fuerza de sus alas!

A EMILIO JACINTO

¡Héroe preclaro de la patria mía...
resurge del abismo del olvido...!
Ya te llama el clarín del nuevo día,
pregonando tu nombre esclarecido...
En la epopeya de la patria esclava,
fuíste fuerza motriz, luz refulgente,
formidable turbión, tempestad brava,
que hízonos respirar el libre ambiente.
Cuando pedía sangre nuestra aurora,
y ayes de muerte hendían el espacio,
armaste con tu idea salvadora
el brazo vengador de Bonifacio...
Cayó lluvia de sangre en nuestra tierra,
flameó la sandata[41] en el boscaje,
y arrojaste a la hoguera de la guerra
el inicuo pendón del coloniaje...

[Nota 41]: Especie de Kries, o machete de hoja ondulada.

Tú enseñaste a jurar al insurgente,
las banderas del bien y del decoro,
y a odiar con el encono más ardiente
la cadena del siervo, aunque de oro.
Nos enseñabas a atajar las balas,
y a conseguir el triunfo en las derrotas,
al corazón cobarde diste alas,
llenando las trincheras de patriotas.
Luchando te mató bala asesina,
y, al caer, no lograron los tiranos,
arrancarte la enseña filipina
de las sangrientas y crispadas manos.

Bajo tu dirección, la masa estoica
se redimió con el esfuerzo suyo;
si Bonifacio y su legión heroica
triunfo obtuvieron, ¡fué ese triunfo tuyo!
La grana de tu sangre redentora,
en que la fuerza y el valor se adunan,
cual rubí del volcán, tiñó la aurora
del gran Pentecostés del Katipunan.
Si te hirió un proyectil, a tu caída,
rayó el alba entre negras tempestades;
¡cada gota de sangre de tu herida
fué semilla de nuestras libertades!
Con tus lanzas tomaste nuestras villas,
venciste al César con su plan de engaños;
hizo tu talibóng[42] su trono, astillas,
¡Rompió su cetro de trescientos años!