Así como el gris tenebroso de edades provectas

doraron las máximas puras de las Analectas,

y en ellas el Asia, rompiendo el sopor secular,

la voz escuchó del que luego escribiera a Corinto,

tu noble evangelio de honor y de patria, ¡oh Jacinto!

nimbando a tu raza, engrandece la historia insular.

Rumor subterráneo, en mitad de la idílica fiesta,

sintió la colonia, y un viento de airada protesta

pasó por las frentes su fuego de cálido tul.

Plasmaste el anhelo en que espíritus libres se adunan,