LA ISLA HERMANA
Isla de los tesoros,
Mindanao, isla fuerte de cristianos y moros,
grande bajo el aliento del polífono mar;
isla de bravas gestas y pugnas legendarias,
que tiene por reductos las selvas milenarias
y por vivac inmenso el campo secular.
Isla maravillosa,
sultana bella y grácil a quien vemos ansiosa
poner oro y corales sobre el nativo altar,
y buscar en la arena de sus sonoras playas,
como sus dos hermanas, cual Luzón y Bisayas,
la perla de un ensueño que no quiere llegar...
La gran Naturaleza
te dió la magia augusta de su inmortal belleza,
su savia formidable, su sol canicular;
por eso son enormes tus bosques y tus ríos,
y hacen temblar ejércitos tus indomables bríos,
y el Apo a las estrellas no cesa de retar.
Eres como tus lagos,
para la flor propicios, para el pirata aciagos,
épicos en la guerra, líricos en la paz;
y eres, cuando el peligro tus lares amenaza,
la cúspide en que erige sus tiendas una raza
para gritar:--«¡Atilas! mi gloria no es fugaz.
»Yo soy como el granito;
mi sed de vivir sube hasta el infinito
como las flechas ágiles de mi aljaba ancestral.
Yo, aunque me ciña ajorcas, zarcillos y turbante,
tengo en las venas mías la sangre palpitante,
la misma que en el ara oblacionó Rizal.»
¡Loor a tu boca altiva,
Mindanao, isla de oro, Cólquida rediviva,
a donde van los Argos de un moderno Jasón!
Tu increpación histórica tiene inmanente vida;
es la consigna étnica de que jamás se olvida
ni el hombre de Bisayas, ni el hijo de Luzón.
Un vínculo más fuerte
que el puño de los Césares y que la misma muerte
hace de las tres islas un solo corazón;
que tendrá, en la ventura, una sonrisa única,
y, en las adversas horas, sabrá rasgar su túnica
con un definitivo y unánime tirón.
¿No son tus noches bellas
las mismas que las nuestras? ¿No es luz de tus estrellas
la que reciben juntas Bisayas y Luzón?
¿No es aroma indígena del ilang-ilang regio
el que a leer nos mueve un solo florilegio
y a sentir, alma adentro, una sola emoción?
¡No morirás...! No temas
que extrañas manos roben tus collares de gemas
y maten de un hachazo tu árbol tradicional:
los que guardan su libro de gestas legendarias
y tienen por reductos las selvas milenarias,
clarinearán mañana una marcha triunfal...
Cólquida filipina,
Mindanao, isla hermana, isla bella y divina
en cuyo honor dispara sus retumbos el mar:
para quien sea osado a herir tus esperanzas,
sé como nuestra piña, corónate de lanzas
y quede en ellas muerto el pulpo secular.
ILANG-ILANG
Ilang-ilang de los huertos filipinos,
donde aroman aurinegras mariposas
sus dos alas de colores vespertinos
cual flabeles para reinas voluptuosas;
ilang-ilang de ramaje desmayado
--varillaje de verdosos parasoles--
tú eres fuerte por el beso que han dejado
en tu copa melodiosa muchos soles.
Son tus flores glaucos astros pensativos
y eres todo, cuando ondulas, incensario
ante el ara de los dioses primitivos
en el templo de algún bosque milenario.
Tu perfume, como un alma grande y sola,
ha pasado del terruño las fronteras;
y el prestigio que embellece tu corola
no lo olvidan las beldades extranjeras.
De sus áureos tocadores los cristales
--ostensorios de tu lírica fragancia--
reverdecen en los lechos virginales
un delirio que halló vida en la constancia...
Ilang-ilang, árbol patrio, suave y bello:
a tu sombra dicen cuentos y cariños
nuestras musas de negrísimo cabello
y alma ingenua como el alma de los niños.
Si tus hojas, bajo el ala de la brisa,
dan al aire de la noche madrigales,
no hay un labio que no enflore una sonrisa
ni una fuente que no azule sus cristales.
Ilang-ilang que arrojaste tus corolas
en mis sendas a la luz del plenilunio:
¡cuántas almas que están tristes y están solas
han cubierto con tus flores su infortunio!
Y han creído que era un beso muy cercano
el suspiro de tus flores estelares,
y han gritado: «¡Ya, ya viene el beso hermano
a la herida que han abierto los pesares!»
Por tí, todo: por la gloria de tu esencia,
por tus hojas que alcatifan nuestra ruta,
por tu sombra, donde es buena la existencia
y pensamos que no es todo fuerza bruta.
Danos siempre con tu olor de primavera
un anhelo de ser libres como el viento,
que sacude tu fragante cabellera
y emborracha nuestra vida con su aliento.
Ilang-ilang de los huertos filipinos
a que el alma de mis cánticos se abraza;
sé tú el árbol de verdores matutinos
que perfume las tristezas de mi raza.
Septiembre, 1909.
EL DOLOR DE LAS CUARTILLAS VIRGENES
Quedó sin nada en la mesa la inmaculada cuartilla,
y yo me dí en pensar hondo pidiendo una maravilla
a la luz chisporroteante de una candela amarilla
de pena... Quedó sin nada la inmaculada cuartilla.
Yo quise llenar el pliego, casto por sus resplandores,
de mis locuras de niño, de mis risas y dolores,
del aroma inolvidado de no sé qué santas flores,
y así convertir el pliego en libro de mis amores.
Era la noche de luna. Fuera decían los vientos
el suspiro milenario de sus plácidos lamentos.
En mi frente había un loco florecer de pensamientos
y de tristezas nocturnas... ¡Fuera lloraban los vientos!
Mis pobres quimeras iban rotas en el torbellino;
mis pies no tenían rumbo, ni mi espíritu destino;
pero allá lejos un niño, un niño ciego y divino,
me disparaba una flecha y me enseñaba el camino.
Tomé la pluma. En mi mano hubo temblores febriles,
miedo de no encarnar nunca en las palabras sutiles
la voz de mi vida; el miedo de un bebé de cuatro abriles
a las brujas y los duendes de los cuentos infantiles.
¿Qué escribir? ¿Qué pensamientos consignar en aquel trozo
de papel? ¿Mis ilusiones? ¿La hora triste o la del gozo?
Miré dentro de mi vida y mi vida era un destrozo;
miré fuera, y desde fuera llegó a mí un hondo sollozo.
Solté el cálamo. Mi vida no me daba la respuesta;
no había una flor en toda la inmensidad de la cuesta;
mi fatiga siempre grande, la carga siempre molesta,
y en el aire ni el susurro de la más leve respuesta.
¿Qué escribir...? La tinta obscura del tintero era tristeza;
tristeza el silencio augusto de la gran Naturaleza,
y en medio de este dualismo de dolor y de aspereza,
se moría lo más triste de lo triste: mi cabeza.
Quedó sin nada en la mesa la cuartilla inmaculada.
Hundí en las manos mi frente ardorosa y quebrantada;
pedí al pábilo amarillo la lumbre de una mirada,
y en el fondo de mi vida no hubo nada, nada... nada.
¡Oh vacío de las almas...! ¡Oh negras horas tediosas
en que no hay para las manos que tiemblan divinas rosas,
ni para los ojos tristes un vuelo de mariposas
novias del sol...! ¡Oh infinita pesadumbre de las cosas!
Dejadme esta noche solo retroceder a mi cuna,
ver que la besa y la envuelve un suave rayo de luna;
no me arranquéis de los ojos una lágrima importuna...
¡Dejadme solo esta noche, que la noche está de luna!
Alcé mi frente. La vida no me daba su respuesta.
No había una flor en toda la inmensidad de la cuesta;
mi fatiga siempre grande, mi carga siempre molesta,
y los labios de mi musa no me daban la respuesta...
Y mientras yo meditaba sobre la virgen cuartilla,
penetró por mi ventana un ave de pesadilla;
yo pedí que me cantara un canto de maravilla,
y el ave mató la luz de la candela amarilla.
Quedó sin nada en la mesa la cuartilla inmaculada.
Hundí en las manos mi frente ardorosa y quebrantada;
busqué en mi cofre más íntimo alguna perla encantada,
y en el cofre de mi vida no hallé nada, nada... ¡nada...!