TROVA DOLOROSA
Romántica dalaga
que lloras, dolorida,
con tu alma de azucena, sin luz, desfallecida,
en medio de la senda de la desolación.
Del astro de tu angustia
suprema a los reflejos,
bardo de ensoñaciones, vengo a tí, de muy lejos,
con la lira enlutada y triste el corazón.
Aquí me tienes, virgen
de sublimes amores.
Ante el ara sombría de tus hondos dolores,
donde fulgura el cirio de la Fatalidad,
permite que lamente
tus penas y tormentos,
yo que, cual tú, he sentido también mis sufrimientos,
sin ver siquiera un prado de la Felicidad.
¡Qué suerte tan infausta
te dio la Providencia!
la esperanza nacida en tu pura conciencia,
de la implacable parca, cayó bajo el rigor,
y el ser idolatrado
de tu sueño divino,
se fué por el sendero que le trazó el Destino
¡y te has quedado sola con tu infinito amor!
¡Ah! Si pudiera mi alma,
dalaga de mi tierra,
mitigar los pesares que tu espíritu encierra,
te enseñaría un prado de encanto singular,
y en medio de tus ansias,
bellísima criatura,
te haría ver poéticos jardines de ventura,
do eternamente puedas tu cuitas olvidar.
Mas, enjuga el llanto
¡oh virgen desolada!
eleva hacia el Altísimo tu lánguida mirada,
tu mirada piadosa ¡oh púdica mujer!
y piensa que el amado,
tu gloria, tu consuelo,
aquel que te adoraba no ha muerto, está en el cielo,
y allá en el cielo sueña, feliz con tu querer!
¿Qué más hacer podrías,
con entera eficacia,
sino saber, heroica, triunfar en la desgracia,
y dar un santo bálsamo de paz a tu orfandad?
La vida es así: mezcla
de gozo y agonía...
A la tétrica noche, sucede el claro día,
y al día placentero, la triste obscuridad...
Alma buena y romántica,
corazón dolorido,
levanta, pues, tu espíritu sin luz, desfallecido,
en medio de la senda de la desolación...
Del astro, de tu angustia
suprema a los reflejos,
bardo de ensoñaciones, vine a tí, de muy lejos,
para darte las rosas de la consolación.
Hélas aquí, pletóricas
de esencia consagrada...
Yo las pongo a tus plantas con mi lira enlutada,
en el augusto nombre del rey universal...
¡No pierdas la esperanza!
La muerte, en sí, no es muerte...
¡Es sólo una vereda que nos conduce al fuerte
imperio donde irradia el Sol de lo inmortal...!
1920.
A LA JUVENTUD FILIPINA
Juventud, flor divina de mi tierra,
el horizonte se abre a tu camino...
Mira las cumbres... Tu progreso encierra
el ideal del pueblo filipino.
Es verdad que jamás falta en la ruta
de ía existencia, un negro precipicio...
Pero ¿qué importa? Tu alma no se inmuta
y está dispuesta siempre al sacrificio.
Animosa prosigue tu jornada...
Bajo el beso del hada de la Historia,
tu naciste con alma destinada
a ser conquistadora de la gloria!
Con un amor ardiente e infinito,
enarbola la enseña de la ciencia...
En las hojas del libro allí está escrito
el poema inmortal: la independencia!
Juventud estudiosa del Oriente,
las libertades nacen en la guerra,
pero tú, de la paz bajo el ambiente,
con tu saber libertarás mi tierra.
Que no haya ni un pequeño desaliento,
a la luz de tu espíritu sublime...
Con la labor constante y el talento,
así una raza toda se redime.
Mañana, cuando llegues, afanosa,
con tus frescos laureles, a las cumbres,
te abrazará una patria venturosa,
ante una aurora de gloriosas lumbres...
Te rendirán la vida y el misterio,
del porvenir los prados ideales,
y las musas, en todo el hemisferio,
te cantarán con trovas inmortales.
Juventud, esperanza de mi tierra,
es grandioso y sublime tu destino...
Sigue avanzando... ¡Tu progreso encierra
la redención del pueblo filipino!...
1920.
FLORES OLVIDADAS
La virgen desposada lleva floridos ramos,
radiante de ternura y de felicidad.
Se arrodilla ante el ara. Y, con dulces reclamos,
ofreciendo a Dios flores, jura fidelidad...
Las flores son las bellas mensajeras del alma
que saben de las glorias que dora la ilusión.
Hay pájaros sin nido, hay momentos sin calma,
más, sin flores no tiene palabra el corazón!
¡Pobres flores que bajo un obscuro destino
he encontrado olvidadas en medio del camino...
Por vuestras gracias vibra mi lira con amor!
Vuestro hermoso capullo una misión encierra:
la aurora por vosotras ilumina la tierra...
¡La tierra, por vosotras, no olvida a su Creador!
AMOR DE MADRE
Bajo un sol de misterio,
en un pobre ataud,
cuatro hombres me llevaron a un negro cementerio,
poblado de violetas en mística quietud.
Estaba triste el cielo
tres rosas del amor,
de vigoroso luto, con hondo desconsuelo
lloraban por la muerte del joven trovador.
Era una la adorable,
enferma de ilusión,
a quien bajo un ramaje de dicha, inolvidable,
una tarde yo diera todo mi corazón.
Era otra la afligida
musa de mi querer,
que en las horas sombrías e inciertas de la vida
consolaba mi espíritu con su alma de mujer.
La tercera era aquella
que me enseñó a sufrir,
aquella madre mía, pura como una estrella,
conturbada pensando siempre en mi porvenir.
¡Y que lección encierra
aquel sueño opresor!
Ante una sepultura pusiéronme en la tierra,
abrieron mi ataud y después... ¡oh dolor!
En el horrendo estado
de la disgregación
mi carne, barro siempre, había entrado,
ahuyentando el encanto de la humana ficción.
La musa idolatrada
de mi ardiente querer,
y aquella novia enferma de ilusión, tan amada,
gimieron mucho, pero resistiéndose a ver...
Y en un sublime exceso
de su amor inmortal,
mi madre fué la única mujer que un sacro beso
depositó en las ruinas de mi carne mortal.