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Al rebramar la tormenta,
por la playa me paseo,
y en ver las agitaciones
del vasto mar, me embeleso.
En su inmensidad descubro,
de mi amor el viejo espejo.
¡Cuántas olas luchan fuera!
¡Cuántas perlas duermen dentro!

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Subiendo una alta montaña
vi a la Fama encantadora.
--Para ser grande--le dije--
¿qué debo hacer, bella diosa?
--No sigas ningún ejemplo,
si quieres hallar la gloria:
sé Platón o sé Alejandro,
que hallaron sendas ignotas.
No en copia servil te arrojes
por la senda que otro explora:
con la pluma de tus hechos
escribe una nueva historia.

Madrid, 1880.

LA CRUZ

I

Nació Alejandro; su potente lanza,
al ronco grito de incesante guerra,
cubrió de luto y ruinas y matanza
cuanto entre el Ister y entre el Sindh se encierra.
Murió Alejandro; y a su gran pujanza
estrecha fosa concedió la tierra,
y él y su lanza y su poder temido
se hundieron en la sima del olvido.

II

Cruzaron el espacio en raudo vuelo
las águilas que Roma ostentó un día;
cuanto cobija el anchuroso cielo
sintió de su poder la tiranía.
Hundióse Roma; retembló su suelo;
se escuchó el estertor de su agonía,
y esparcieron sus restos funerales
del Septentrión los recios vendavales.