—¿Ha oído usted hablar, marqués, del crimen de esta noche?—preguntaba el veterano general X.
—No; los periódicos nada dicen. Además, no leo la crónica de sucesos; es una sección repugnante.
—Los periódicos no relatan el hecho porque éste ocurrió entre ocho y nueve de la noche.
—¡Ah!... ¿Se refiere usted al crimen de la calle de Peligros?
—Sí.
—Algo oí decir. Creo que la víctima fué una muchacha de vida airada...
—Eso me contaron también... no sé donde—añadió el vizconde Z.
Otros dos graves caballeros que ostentaban en el ojal de sus levitas una cinta roja, hicieron un vago signo afirmativo, demostrando hallarse al tanto de lo ocurrido.
Bajo la luz fría de las lamparillas eléctricas, sobre el respaldo rojo de los divanes, aquellas cinco cabezas envejecidas por el tiempo y las luchas asoladoras de la ambición y del vicio, formaban un cenáculo extraño de caretas fúnebres.
—¿Y quién era esa desdichada?—preguntó K. al marqués.