—¿Estás enferma?

—No, pero me ahogo... tengo miedo, mucho miedo de quedarme sola... Vámonos...

Ella ignoraba que las mejores páginas de las novelas amorosas las escribe el Destino así, muy deprisa. Luego Fernanda y Julián salieron al patio, á bailar; el aire cálido de aquella tarde de Junio y los rayos caliginosos del sol, concluyeron de trastornarla. El, entretanto, la requebraba de amores; ella, con la enloquecida cabeza apoyada en su hombro, le escuchaba sin comprender...

Cuando volvieron al gabinete, la joven apenas podía moverse; estaba idiotizada.

—Quédense ustedes aquí—dijo Felipa;—Claudio y yo vamos á bailar...

Fernanda hizo un gesto desesperado, llamando á su amiga; pero Julián cerró violentamente la puerta y ella quedó á merced de aquella bestia encelada, terrible, que hablaba de amor...

*
* *

¡No, jamás tornó á ver al hombre que en un momento de embriaguez la robó la honra y el sosiego! Pero aunque fué frágil, contra su deseo y la fuerza disculpaba su caída, Fernanda, batallando á solas con su remordimiento, no podía disculparse.

¡Ya no era la misma! Había ocurrido algo enorme, lo ignorado, ¡lo inconfesable!... Recordando la promesa que un día hizo de decírselo todo á su marido, quiso revelarle también aquello para dar treguas á su delirante obsesión, y no pudo; un frío mortal paralizaba su lengua: los conceptos se cristalizaban en el cerebro... Estaba delante de lo incomunicable, de lo que no puede decirse, de lo que nadie sabe decir...

Y muchos años después, cuando las tres únicas personas poseedoras de aquel secreto habían muerto, Fernanda, ya vieja, aun no estaba curada de su remordimiento. La costumbre de fingir la tornó pusilánime, suspicaz y recelosa; temía que algún accidente imprevisto revelase el criminal misterio de su vida, y cuando su marido la miraba fijamente, ó cuando veía á su hija engalanarse para ir al baile, la pobre madre, condenada voluntariamente al obscuro papel de hembra pasiva, bajaba los ojos confusa, avergonzada, murmurando: