El desenlace de aquel enredo, preparado con tanta calma y tan diestramente, llegó de pronto.

—Mañana por la tarde—dijo Felipa Godoy á su amiga,—Claudio y yo merendaremos en la Bombilla; probablemente nos acompañará un amigo suyo y, como supondrás, me aburriré horrorosamente, ¿Quieres venir?...

Fernanda vacilaba.

—No seas perezosa—insistió Felipa;—reiremos mucho, bailaremos y luego, al atardecer, á casita. ¿Qué te detiene?

Aquello, en efecto, dicho así, no era grave; Fernanda prometió ir... Y fué...

Julián, el amigo de Claudio, era muy ladino, habilísimo conversador, buen bailarín; hablaron mucho, bebieron copiosamente... Desde los primeros momentos Fernanda sintió que algo invisible agarrotaba sus manos y sus pies, y empezó á perder la confianza en sí misma... Se ahogaba: en aquel gabinetito tan perversamente aparejado para el amor, no había bastante aire respirable... A los postres Felipa y Claudio se besaban sin reserva, y Julián, sentado junto á Fernanda, la hablaba de amor apasionadamente. Esta, entontecida por los primeros vahos de la borrachera, se arrojó entre los brazos de su amiga:

—Por Dios—decía sollozando,—no me abandones, no me dejes sola, sácame de aquí...

Claudio la miró guiñando un ojo picarescamente.

—¿Qué tienes?—preguntó besándola.

—No sé...