—Tú la confiesas nuestro secreto sin ambajes—dijo él,—y conmuévela describiendo la inmensidad de nuestro cariño, los obstáculos que nos separan, tus sufrimientos... Di también que lo único que solicitamos de su amistad es que te acompañe alguna que otra vez...

Prosiguió sonriendo con gesto burlón.

—Más adelante y á fin de que estos paseos no la aburran, buscaré algún muchacho que la acompañe.

Felipa Godoy, que conocía la virtud austera y sin mácula de la joven, protestó:

—No digas tonterías, no la conoces; Fernanda es incapaz.

—¡Oh, quién sabe!...

—Quiere mucho á su marido.

Pero él continuó refutando victoriosamente aquellas objeciones: era preciso ser egoísta para triunfar: Fernanda podía cansarse de ayudarles ó reñir con ellos, en cuyo caso quedaban á merced suya: convenía, por tanto, tenderla un lazo; así las dos lucharían juntas, movidas por el mismo interés y el cuerpo de la una garantizaría la salud de la otra.

Felipa Godoy empezó á ejecutar hábilmente todo aquel plan: refirió á su amiga los secretos pormenores de su pasión, se apoderó de su alma, la conmovió, la hizo llorar.., y obtuvo cuanto guiso. Fernanda se ofreció á protegerla: realmente, ella también deseaba estudiar por sí misma aquel mundo de los amores criminales que sólo conocía de referencias. Luego vió al amante de Felipa y le pareció simpático y muy galán... Y de este modo, la inocente casada fué abandonándose por la pendiente seductora de lo prohibido.

Pocos meses bastaron para que los tres fuesen muy buenos compañeros, y entre tanto Luis no sabía nada, porque Fernanda no quiso amargar aquellas escapatorias rompiendo el hechizo del misterio.