La cárcel ocupa en el plano de Madrid una situación excéntrica, y los caminos que á ella conducen, no obstante ser hermosos y bien soleados, padecen la huella ó impresión de algo triste. Lentamente, los amigos de Norberto comenzaron á cansarse de visitarle todos los días: primero faltó Antonio, quien achacaba su alejamiento á perentorios quehaceres; luego Jaime...

Ante aquella deserción, Brito, siempre estoico y magnánimo, se cruzaba de brazos; la humanidad es ingrata.

—Lo raro sería—agregaba parodiando á Heine,—que los amigos nos acompañasen en la desgracia.

Pasó el verano y el otoño iba ya de vencida; el viento era frío, las nubes encharcaron las calles; la cárcel, vista desde arriba, con su enorme mole obscura, debía de parecer un galápago gigantesco, muerto sobre el barro.

Los presos políticos pueden ser visitados todas las tardes hasta las cuatro. Dos redactores de El Terremoto que aun iban diariamente á cambiar con Brito un apretón de manos, se aburrían de aquel dilatado homenaje amistoso: la celda, con su locutorio atravesado por un largo banco de vieja gutapercha, llegó á parecerles una oficina donde nada inesperado ni agradable podía aguardarles. Siempre experimentaban impresiones idénticas; sus pisadas resonaban bulliciosas bajo la altiva rotonda de la escalera; los espesos muros trasudaban hielo y pesadumbre; los empleados de la penitenciaría examinaban á los visitantes de extraño modo como maravillándose de que aun tuvieran valor y constancia para ir hasta allí, aconsejándoles también con aquella mirada, que no sostuvieran tal empeño, pues todo sacrificio era inútil.

Arriba, en el locutorio K, las conversaciones no variaban: Brito, siempre recibía á sus compañeros del mismo modo: en pie, agarrado á los barrotes de la ventana, aparentando una entereza de ánimo que la flacidez y tristura de su rostro desmentían. A veces hablaban de los amigos que ya no concurrían allí tildándoles de ingratos; pero todos, íntimamente, les envidiaban, admirando su despreocupación para emanciparse de aquel vano y enojoso deber social.

Una tarde de Diciembre salían de la cárcel Paulina, Daniel y Pedro Rico.

—¡Qué pocos vamos quedando!—exclamó Pedro;—el mal tiempo y la distancia han reducido los amigos de Norberto á monos de la mitad.

—Así es—repuso Daniel.

Luego se despidió, subiendo precipitadamente á un tranvía que pasaba. Paulina y Pedro Rico continuaron andando lentamente, callados, la vista fija en el suelo, como se sigue á los muertos. Sobre las calles húmedas, desde el cielo sembrado de nubecillas blancas, un sol de invierno vertía su luz amarilla.