—Estoy triste—dijo ella;—¿quiere usted acompañarme á dar un paseo?
El repuso estremeciéndose:
—Vamos por donde usted guste.
La adoraba en silencio; con los ojos se lo dijo muchas veces; ella lo sabía y también le amaba. Fué aquel un paseo muy dulce, lleno de voluptuosidades exquisitas y nuevas. Paulina habló de Norberto: era un hombre frío que la acarreó con su humillante despego disgustos innúmeros; ella necesitaba cariño y reverdecer su juventud, procurándose una pasión, una gran pasión que saciase las ambiciones del codicioso pensamiento. Pedro asentía acercándose á ella, disfrutando la vecindad de aquel cuerpo fácil. Tan agradable paseo lo repitieron en los días sucesivos; las tardes eran tibias, el sol caía á plomo sobre los caminos poblados de chiquillos y niñeras, con delantales blancos. Daniel Bala había escrito á Norberto asegurándole hallarse enfermo de cuidado y rogándole imputase á esto, que no á indiferencia ó censurable olvido, su ausencia y eclipsamiento.
Ella apretó más las ligaduras que ya unían á Pedro Rico con el preso: Norberto reconocía que su compañero era un hombre de corazón y un camarada excelente, ya que en el hospital y en la cárcel, según el adagio, es donde se conocen los amigos buenos. De esto habló con su mujer varias veces; la joven afirmaba levemente moviendo la cabeza, pensando que si los otros se marcharon fué porque ella no les retuvo.
Todos los días, al salir de la cárcel, Pedro y Paulina, seguros de su impunidad, paseaban los campo de la Moncloa. Una tarde regresaron á Madrid casi de noche, y él estaba muy pálido y ella muy roja... y con los cabellos manchados de tierra. La primavera volvía; los árboles comenzaban á cubrirse de brotes nuevos; de pronto, en la lejanía del nebuloso horizonte, apareció la cárcel, imponente tras sus altos murallones de ladrillo.
—Allí está—murmuró la joven.
Rico repuso:
—No mires, déjale...
Y siguieron adelante, oprimiéndose las manos.