Aquel íntimo enredo de amor pasó; Norberto Brito nada supo, y cuando habla de Pedro, la emoción más sincera nubla su voz.

—Jamás olvidaré sus favores—dice;—cuando estuve preso, no dejó de ir á verme ni un solo día. Es mi mejor amigo.

EN PRESIDIO
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El acusado, sentado en el fatal banquillo por donde pasan los que un arrebato de codicia ó de cólera puso fuera de la ley, escuchaba el terrible informe acusatorio del fiscal con los ojos fijos en la tierra, que le atraía como reclamando ya la inmediata posesión de aquella pobre carne condenada al patíbulo. Era un mozo de veintiocho á treinta años, moreno, con cejas fuertes y pupilas brillantes y sangrientas como brasas; la cabeza cuadrada y terca, los hombros anchos, las manos cortas y gruesas de matador que no tiembla al herir...

El fiscal terminaba su discurso pidiendo para Gerardo López la pena capital. El crimen del acusado era una de esas terribles hazañas que, de cuando en cuando, rompen la uniformidad de la vida diaria, calofriando la sociedad con un estremecimiento de horror. La tarde del crimen, Gerardo llegó á su casa inopinadamente, cuando todos le creían en la fábrica; la puerta estaba entornada; aquello le sorprendió... Dentro, en la pequeña habitación que servía simultáneamente de gabinete y comedor, resonaban las confusas voces de un hombre y una mujer. El marido avanzó cautelosamente sobre la punta de los pies, conteniendo el aliento... Al llegar al término del pasillo, reconoció á los que con tanta vehemencia y misterio discutían: eran su mujer y don Cleto, el casero, á quien adeudaban tres meses de alquiler: él, sofocado por el torvo deseo carnal que le oprimía la garganta, jadeaba asegurando que todo aquello tendría fácil arreglo si ella era complaciente... La esposa le rechazaba enérgicamente, sintiendo que aquella innoble proposición flagelaba su rostro como un látigo. Entonces don Cleto arremetió á la joven empujándola hacia un sofá. Este fué el momento elegido por Gerardo López para perpetrar su crimen: sin pensar que á la generosidad de su víctima debía haber dormido bajo techado aquellos tres últimos meses, cayó sobre ella derribándola al primer mazazo de sus manos hercúleas; luego le cogió por el cuello, arrastrándole, magullando su ensangrentada cabeza contra los muebles y, finalmente, le mató arrojándole á la calle desde la altura de un cuarto piso...

El fiscal allegaba y zurcía malévolamente cuantos puntos eran más ó menos hostiles al acusado; pues Gerardo estaba seguro de la fidelidad de su mujer, sus celos no tenían disculpa ni explicación legítima: López, en vez de ceder á la ira, debió limitarse á despedir al casero y presentar contra él la oportuna denuncia; para algo vivimos en una sociedad civilizada y bajo el amparo de códigos sabiamente compuestos...

El abogado defensor comenzó su discurso coronándolo con párrafos brillantes y ampulosos enderezados á conmover la honrada sensibilidad del Jurado.

Gerardo López no era un criminal, sí un hombre de arrestos y de honor: examinó sus antecedentes sin tacha y su existencia metódica, consagrada al trabajo y al cariño de aquella mujer que era todo su bien, su familia, su consuelo y su esperanza; y luego pintaba con frases cortadas y duras, como golpes de escoplo, el trágico cuadro de la lucha: al propietario, crapuloso y obsceno, invocando, para vencer la honrada resistencia de la pobre obrera, sus títulos de acreedor, y cayendo después bajo los puños de Gerardo López, que defendía lo suyo, la mujer que era para él deleite y arrimo, compañera santa en sus fieros combates por el pan, consoladora como un amigo, bondadosa como una madre...

Al llegar cierto momento en que el abogado invocaba el derecho indiscutible que su defendido tenía para hacer lo que hizo sin acordarse del Código que, como todo lo reglamentado, es muerto y frío, Gerardo López, fuera de sí, le interrumpió para exclamar:

—¡Sobre todo, antes que hombres civilizados... somos... hombres!