No supo decir otra cosa, pero él se entendía; su defensor también le comprendió y aquella interrupción le sugirió una improvisación elocuente. Gerardo, sin más luz que la de su buen instinto, había dado en el hito: «antes que hombres civilizados... somos... hombres;» seres que saben sentir intensamente, y querer hasta el sacrificio heroico y odiar hasta el crimen; de poco sirven los códigos cuando la pasión se revuelve y estalla. En los trances supremos, el instinto independiente y dominador del macho primitivo despierta; ¿qué hombre, viendo amenazados el honor ó la vida de su madre ó de su esposa, podría reprimir el impulso vengativo de todos sus nervios para invocar fríamente el socorro de la ley?...
El fiscal se levantó á ratificar; su despiadada inspiración tuvo párrafos de terrible y abrumadora elocuencia; el Jurado se declaraba en su favor; Gerardo López fué condenado á cadena perpetua.
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Pasaron muchos años; don Víctor, el fiscal que envió á Gerardo á presidio, se había retirado del foro para casarse y dar á los últimos años de su vida algún reposo.
A pesar de sus cincuenta y cuatro años, don Víctor se conservaba fuerte y erguido dentro de su levita negra, amplia y larga; vivía en un hotelito, cerca del Hipódromo, en medio de su vasto jardín con callejas enarenadas y frutales que la primavera cubría de flores; Joaquina, su mujer, que apenas contaba veinte mayos, parecía adorarle y su temprana juventud le prometía herederos robustos que, por ciertos indicios inequívocos, no tardarían en llegar.
Muchas noches don Víctor, sentado ante su mesa de trabajo y rodeado de estantes atiborrados de libros, recordaba aquel pasado de luchas que iba alejándose, como algo que se hunde en una noche sin fin; á veces Joaquina le acompañaba, leyendo una novela bajo la luz del quinqué. Don Víctor, sumido en delicioso emperezamiento, comparaba su existencia actual, tranquila y feliz, con las luchas de otros días. A su alrededor, dormidos en la penumbra de los estantes, reposaban los centenares de volúmenes que guardaban cuanto acerca de las injusticias y derechos humanos se ha escrito, y en los cuales él aprendió el ingrato arte de mandar gente á presidio ó al patíbulo: á ratos, evocando los bizarros extremos de su verbo brillante y frío como la cuchilla de una guillotina, le asaltaba el temor de haber sido cruel, y reconstituía escenas: el reo sentado en el banquillo, con la cabeza caída sobre el pecho, cual si la oratoria implacable del fiscal le patease el cráneo; y él en pie, empujando sañudamente hacia el castigo la conciencia de los jueces. Pero no; él siempre fué justo; él nada legisló; se había circunscripto á ser el representante de la legalidad, la encarnación del Código, la voz temerosa de aquellos libros cerrados. Sí; él fué justo y bueno: sin esto no se concebía que el Destino recompensase sus afanes pretéritos rodeándole ogaño de tantos agasajos: aquella mujer joven, dulce y bonita, aquel hotel que en las noches estivales dormía bajo la luz blanca de la luna, entre un bosque de frutales y sobre un odorante tapiz de flores era el condigno premio á sus esfuerzos en pro de la humanidad honrada.
Y don Víctor creía que su felicidad sería eterna, como el suplicio de los condenados á cadena perpetua.
Transcurrieron doce años; el anciano fiscal, embebecido en el cariño de su mujer y la crianza de su hijo único, no visitaba á sus viejos compañeros, que también le habían olvidado; su antiguo prestigio era agua pasada.
Un día, al regresar á su hotel á hora desusada, le impresionó dolorosarnente oir en su gabinete un murmullo indefinible de conversaciones y de risas: don Víctor subió las escaleras de puntillas; Joaquina hablaba con un hombre á quien el fiscal procuró inútilmente reconocer por la voz: don Víctor se deslizaba lo largo del pasillo, y al llegar á la puerta de su despacho se detuvo y aplicó el oído... Oyó una frase amor, luego otra... y sus mejillas ardieron con el incendio de la vergüenza y de la ira. Fuera de si allanó la habitación, babeando, agitando los brazos, como un oso herido que zarpea. El amante cobarde huyó, saltando por la ventana, Joaquina, abnegada y heroica, protegió su fuga, colocándose tras él, defendiéndole con su cuerpo. Don Víctor, se arrojó sobre ella, la derribó al suelo, pateó su vientre, sus entrañas traidoras, oprimió su garganta hasta estrangularla. Después se levantó aturdido, pero satisfecho de sí mismo, pareciéndole respirar mejor, y paseó en torno suyo una mirada estúpida, sin comprender el mudo lenguaje de aquellos centenares de volúmenes que le acusaban recordándole que la venganza de todas las afrentas, como él tantas veces había dicho, no estaba nunca entre las manos del ofendido, sino en los tribunales de justicia... Pero, pasados algunos minutos, don Víctor creyó oir aquella voz que llenaba su juventud, y por primera vez el anciano fiscal tembló, reconociéndose injusto y frió y cruel...
Don Víctor fué preso; sus antiguas relaciones no le favorecieron; el día de la sentencia el representante de la ley le atacó furiosamente y la defensa fué mala. Don Víctor fué condenado á tres años de presidio.