La noche en que el viejo fiscal llegó á la penitenciaría, le impresionó un semblante moreno, de ojos ardientes y grandes y poderosas cejas, al que estaba seguro de haber visto otra vez...
—¿Es usted Gerardo López?—preguntó.
—Sí, señor.
El antiguo recluso, á su vez, reconoció en aquel viejecillo á quien la fatalidad parecía haber encorvado repentinamente, al fiscal que le condenó.
—Y usted—dijo,—¿es don Víctor?...
Don Víctor comprendía entonces lo que jamás pudo entender; y las palabras con que el obscuro presidiario había querido defenderse volvieron á su memoria.
—Aquí estamos los dos—exclamó el viejo magistrado;—tenía usted razón al decir que, antes que hombres civilizados... somos... hombres. Sí, fuí injusto con usted; no me guarde por ello rencor. Deme usted la mano...