La anciana penetró en el despacho caminando ágilmente, con paso infantil, alocado y ligero.

—Esta era la habitación favorita de mi pobre esposo—dijo;—todo está según él lo dejó: la mesa de escribir, los estantes cargados de libros que nadie ha vuelto á manosear desde entonces, la chimenea ante la cual solía sentarse cuando ya estaba enfermo, á calentarse los pies; el sillón Voltaire donde dormía las siestas, y la panoplia con las espadas y los floretes que el generoso Ricardo descolgó tantas veces para defender propios y ajenos errores. ¡Oh, no puedo recordar sin pánico aquellas mañanas en que, tras una noche de ausencia, le veía llegar muy pálido y con los puños de la camisa salpicados de sangre!...

En el testero principal de la habitación, y sobre un diván, había un retrato al óleo de Ricardo Valdés. La pátina del tiempo había obscurecido la pintura, y la cabeza, de color terroso, surgía del fondo negro, con su frente ancha, su nariz aguileña, su bigote donjuanesco, retorcido y largo, como los que cortan el rostro de los guerreros de Velázquez; los ojos grandes, desencantados y burlones... Aquel retrato recordaba al turbulento aventurero de antaño, procaz, enamorado, vagabundo, que después de casarse huyó de Madrid poniendo el porvenir de sus hijos y la felicidad de su mujer á los pies de una bailarina... Rápidamente pasó por mi memoria la silueta de aquel hombre cuya historia fué unida á la mía durante muchos años, y luego imaginé sus últimos momentos terribles de cardíaco, pasados allí, bajo el rayo de sol que ahora calentaba inútilmente el sillón vacío, junto á la esposa que presenciaba la catástrofe desesperada, jadeante de dolor, después de perdonarle todas sus culpas.

—Sí, fué bueno—dijo Teresa, que sin duda iba leyendo en mis ojos mis pensamientos;—¡pobre mío!... Nunca podré absolverme de los remordimientos que, bien involuntariamente, le causé... Ricardo, con sus locuras, me atormentó mucho, pero también mis penas le herían de soslayo, y estos sufrimientos que al fin le restituyeron á mis brazos, aceleraron su muerte...

Después añadió con el atolondrado regocijo del niño que va á enseñarnos una caja de juguetes nuevos:

—Venga usted: aquí, en esta gaveta, conservo varios recuerdos suyos: retratos, pañuelos y una carta... carta deliciosa, que me escribió desde París, poco antes de volver á España, herido ya mortalmente por la enfermedad que había de robármele. Nadie sería capaz de quitarme este papel; en sus renglones vive el alma de Ricardo, á veces impetuosa, sentimental á ratos, siempre generosa y noble. ¿Quiere usted leer?...

Y me alargaba un pliego de papel escrito con una tinta que ya pardeaba: carta dulce y triste, de arrepentimiento y de amor, que había recibido muchos besos y sobre la cual se derramaron muchas lágrimas...

Decía así:

París, Mayo 18...

«Pronto hará cinco años que nos separamos, y durante este largo espacio de tiempo, apenas si se han cruzado entre nosotros una docena de cartas.