«¡Oh mía, mía!... ¿Crees que te he olvidado?...

¡No!... En medio de mis viajes y del abominable catálogo de mis locuras, tu recuerdo vivía en mí inspirándome la dulce confianza de que hay entre nosotros algo muy grande, indestructible, que nada, ni aun el mismo Destino, puede romper. ¡Ah!... ¿Por qué no decírtelo, cuando estas verdades crueles pueden servirte de infinita consolación?... ¡Sí, quiero que lo sepas!... Siempre había en la voz de mis queridas una inflexión que recordaba la tuya: ésta tenía tus ojos, ardientes y melancólicos de abandonada; aquélla tus cabellos negrísimos, estotra tus labios y tus dientes; y por las noches, cuando me hallaba á solas en mi lecho después de gozar una alegría que siempre tuvo algo de postizo, tu imagen amadísima volvía á mi memoria poco á poco, acariciándome con el suave perfume de tiempos lejanos, como una de esas sencillas oraciones que aprendímos siendo niños y que nunca se olvidan... Y aquella oración decía que tú me amabas también, que tus labios y tus brazos siempre estaban abiertos para mí...

»¿Me engañaré? ¿Será posible que el recuerdo de las horas felices que disfrutamos juntos haya muerto en tu alma? Estoy enfermo, mía; el corazón me duele mucho; me ahogo... ¡Déjame volver á ti!...

»Te escribo desde un café del boulevard; son las diez de la mañana y estoy solo; por la puerta entornada penetran ráfagas de aire tibio, bocanadas alegres, vigorizadoras, de la primavera que vuelve; el sol de Mayo ha disipado las nubes, convirtiendo el suelo en un charco de añil.

»¡Te quiero, mía!... Este último invierno, con sus días de nieve y sus bacanales nocturnas, pasadas en los comedores reservados de las fondas, dejó en mi memoria una impresión tristísima: recuerdo las mesas, con sus manteles salpicados de vino, la silueta de los camareros silenciosos, que salían llevándose los platos sucios y cerrando la puerta con el pie, y las figuras de mis amigos: ellas tumbadas sobre los divanes, con los corpiños entreabiertos y los cabellos desrizados, caídos sobre la frente; ellos muy blancos, muy pálidos, con esa palidez cadavérica que agranda los ojos, levantando en alto sus copas de champagne, brindando y riendo, con alegría fúnebre de Pierrot... todo ello moviéndose en el nimbo gris de las pesadillas.

»Pero aquéllo pasó, la primavera está ahí, y con la nueva sangre torna á circular por mis venas el ardiente deseo de volver á ti: deseo tu alma, hermana gemela de la mía, y codicio tu cuerpo, que á través de los años y de la distancia, surge otra vez ofreciéndome el hechizo de las ilusiones insaciables.

»¡Mía... deja que te llame así!... Necesito acariciar la esperanza de volver á retratarme en tus ojos y que éstos sabrán mirarme sin tristeza ni reproches; que tus manos jugarán con mis cabellos, que tus labios húmedos espantarán de mi frente los malos pensamientos, que sentiré sobre mi rodilla el peso y el dulce calor de tu cuerpo amadísimo; ¡oh, la muerte no me asustará si, cuando llegue, me encuentra dormido entre tus brazos!

»Adiós, mía; perdona el mal que te hice y ámame. Tengo sed de ti.»

Cerré la carta doblándola por los mismos antiguos dobleces que ya tenía, y se la devolví á Teresa. Ella dijo:

—Separada de mis hijos por la distancia y de mi marido por la muerte, esta carta constituye mi única consolación, la flor de mi juventud, la voz adormecedora del ayer, el amuleto con que Ricardo borró todo el daño que me hizo...