Mientras hablaba, los ojos de la pobre anciana brillaban en el fondo de sus cuencas iluminados por un regocijo extraño; y yo la veía animarse, sonreir desde el desamparado invierno de su vejez á la lozana juventud perdida.

—¿No es cierto—añadió,—que esta carta es muy hermosa?

—Sí—repuse,—muy hermosa; consérvela usted...

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Sólo yo conozco el secreto de aquella carta que quince años antes Ricardo Valdés había escrito delante de mí.

Aquella mañana Ricardo redactó dos cartas; una cariñosa y ardiente, para la bailarina amada de su alma; y otra correcta, fría, plagada de lugares comunes, para su esposa. Luego incurrió en la distracción, harto frecuente, de cambiar los sobres. Yo, que había sorprendido el engaño, se lo advertí.

—De todos modos—contestó Ricardo sonriendo,—ninguna de las interesadas hubiese podido sospechar mi equivocación, pues acostumbro á no llamarlas nunca por sus nombres...

—En tal caso—exclamé—no deshagas el engaño; deja que la casualidad realice sus planes. De todo esto puede resultar un gran bien.

Hubo una pausa.

—¡Quién sabe!—murmuró Ricardo pensativo;—¡acaso tengas razón!...