Y el trueque quedó hecho.

¡Pobre Teresa! Si ella hubiese sabido...

DECLARACION
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Noche primaveral. Sobre el velador hay un elegante quinqué de mármol, vestido por amplia pantalla de muselina azul; de las paredes cuelgan tapices estilo Watteau, con pastores y emperifolladas princesitas que se enamoran sobre un fondo gris: los muebles son de felpa, bajos y muelles; sutil esterilla de junco cubre el suelo; en el comedio de la habitación, suspendidos del techo por invisibles cabellos rubios, varios pájaros disecados parecen sostenerse sobre sus alas extendidas; desde el balcón abierto se abarca un ancho trozo de mar, mar calmoso cuyas olas fosforean con vago y melancólico cabrilleo bajo la luz lunar. Del horizonte asciende el gemido inmenso de la marea; suspiro doloroso que llena el espacio remontándose hasta la región inaccesible de las estrellas inmóviles.

Personajes:

Elisa.—Treinta años, viuda. Regular estatura, pelo y ojos negrísimos, labios tristes, frente distraída, más que reflexiva. Ocupa una mecedora junto al balcón.

Claudio.—Cuarenta años; elevada estatura, semblante de Greco, largo y seco; uno de esos rostros ascéticos que las ideas fijas empalidecen. Sus miradas curiosean el espacio.

Elisa.—¿En qué piensa usted?