Claudio.—No sé... oía...
E.—¿Qué?
E.—Las olas hablan, ¿no es cierto?
C.—A ratos; esos diálogos que el hombre sostiene con la Naturaleza dependen del observador, de sus nervios, del momento psicológico que atraviese... A veces los pajarillos, el viento, las nubes, dicen cosas agradables, sin trascendencia, que hacen amable la vida; otras, de noche especialmente, el mar y los cielos parecen revelarse á nosotros cual si, temerosos de quedar eternamente ignorados, pretendiesen descubrirnos el secreto de lo incognoscible, de lo que nunca podrá saberse...
E.—¿Y ahora?... ¿Qué dicen las olas?...
C.—¡Oh!... ¿Cómo quiere usted que yo reduzca á palabras lo que apenas cabe en la amplitud de mi pensamiento? El mar y los astros que sobre él se reflejan, son para mí imagen ó fiel trasunto del amor, ideal supremo del espíritu. Todos los hombres de imaginación llevamos un prototipo femenino que provoca y presido la germinación de nuestros amores; cada cual tiene su Julieta, su Beatriz... ¿De dónde surgió esa mujer, arquetipo fantástico de toda belleza y de toda virtud?... ¡Quién sabe! Probablemente nació con nosotros, y luego adquirió forma con la lectura del libro de versos que hojeamos una noche de fiebre, ó con el retrato de la diosa desnuda que vimos en la biblioteca de nuestro padre siendo niños... Más tarde, el recuerdo de ese ideal nos acosa, nos sigue á todas partes y creemos verlo en cuantas mujeres tropezamos, porque á todas ellas alcanza su luz. «¡Esta es!»... Decimos llenos de júbilo y no sosegamos hasta obtener su amor; y después, desvanecida la ofuscación del primer momento, el alma desolada murmura: «¡No, no era ella!... ¿Comprende usted? La pasión siempre es única; sólo varia la forma ó el objeto en que dicha pasión se complace, así vemos brillar en todas las olas la luz del mismo astro; mas como no hay en ellas nada estable ni sólido, su mentiroso cristal varía y la ilusión huye, y con ella la serena luz robada á los cielos.
E.—De modo que las mujeres son para usted... olas...
C.—Esto es, olas del mar humano; olas poderosas que acarician, que suelen llevarnos muy lejos y que, como las del Océano, pueden darnos ó quitarnos la vida.
E.—Olas que pasan...