C.—Que pasan llenándonos de amargura el alma, pues sólo reflejan fugitivamente la luz del astro que nuestra generosa imaginación colgó muy alto, en la serena región donde los huracanes pasionales no llegan. (Pausa.)
E.—¡Pobre Claudio! ¡Usted es un náufrago! (El la mira sorprendido, ella prosigue.) Un náufrago que bracea desesperadamente contra el turbión que le arrastra.
C.—(Con tristeza.) ¡Tal vez!
E.—¿Qué edad tiene usted?
C.—Más de cuarenta años.
E.—¡Cuarenta años!... A esa edad todavía el corazón y los músculos conservan su vigor, pero la ilusión y la fe, brújulas ó divinos orientes del espíritu ya se han apagado, y el horizonte obscuro es una amenaza, una promesa siniestra. ¡Si usted hallase un leño, un salvavidas á que unirse!...
C.—(Mirándola sorprendido, como despertando de un sueño.) Ya le he hallado.
E.—(Con súbita alegría.) ¿Es posible?
C.—Sí.
E.—¿Quién?