C.—¡Oh!... (La mira de modo singular, y luego baja los ojos avergonzado.)
E.—(Tristemente.) ¡Bah! ¿Para qué saberlo? Esa mujer... será una de tantas; reflejo que se extingue, ola que pasa...
C.—No, Elisa; se engaña usted; á mi edad la fantasía, domada por los desengaños, no forja ilusiones. La mujer de que hablo... es la soñada, el ideal, la estrella que yo coloqué muy alto, allá arriba... en el cielo, donde nos esperan todos los seres queridos que ya han callado... (Pausa.)
E.—¿Y ella, le quiere á usted?...
C.—(Vacilando.) No sé.
E.—¿Nunca la descubrió usted su pasión?
C.—Nunca.
E.—¿Y ella, sabe que usted la ama?
C.—(Con firmeza.) Sí.
E.—¡Es raro!...