(Le mira de hito en hito; él desvía los ojos, confuso.)
E.—¿Hace mucho tiempo que la trata usted?
C.—Dos años.
E.—¡Lo mismo que á mí!
C.—(Ruborizándose, temiendo haber dicho demasiado.) Precisamente.
E.—(Sondeándole astutamente.) Pues... pasión que tanto se oculta y recata, no puede ser firme.
C.—Al contrario.
E.—¿Cómo?
C.—Porque ese amor es una esperanza... ¡mi última esperanza!... y el temor de perderla me aterra. Soy como jugador que malgastó un capital, como padre que perdió muchos hijos: la desgracia me acobarda, el recelo de que esa ilusión se convierta en desengaño y no en realidad, refrena mi impaciencia: ella es mi último duro, el último hijo que puedo perder...
E.—(Pensativa.) Comprendo su pensamiento. No obstante, yo, en su caso, no sabría esperar; ¡es tan cruel la incertidumbre!...