(Pausa. En el silencio el rugido del mar llena los horizontes como eco apocalíptico de una voz lejana.)
E.—Hable usted, Claudio, sea franco conmigo.
C.—¿Qué más puedo decir?
E.—¿Conozco yo á esa mujer?
C.—(Titubeando.) Sí.
E.—¡Ah!... ¿Quién es?
C.—Elisa, perdóneme usted, no puedo decirlo...
E.—Basta. ¿Cómo es? ¿Se parece á mi?
C.—Sí... (Con arrebato.) ¡Oh sí!... ¡Mucho!
E.—¿Tiene mi estatura?