C.—Sí.

E.—¿Y el pelo?

C.—Como usted.

E.—¿Y los ojos?

C.—Como usted.

E.—(Fingiendo admirarse.) ¡Es extraño!... ¡Dijérase que soy yo misma. (Pausa. Las mejillas de Claudio echan fuego.) ¿Y en el carácter también se parece á mí?

C.—También.

E.—¿Su nombre?... (El la mira suplicante.) ¡Tiene usted razón!... Había olvidado que debo saberlo.

C.—(Tragando saliva.) Por ahora no; mañana...

E.—¿Mañana, sí?