Y sin darme tiempo á contestar, saludó y salió del despacho como una sombra, sin ruido.
—Decididamente—pensé—ese hombre está loco.
No obstante, cogí su artículo y empecé á leer. Era un cuento autobiográfico muy raro, escrito con estilo enérgico y fácil, salpicado de incongruencias deslumbrantes, que esclavizaron mi atención. Lo leí rápidamente, de un tirón. Se trataba de un viejo libertino que, la noche del último día de Diciembre, había querido epilogar la larga historia de sus azarosos amores y romper definitivamente con todo su pasado. Para ello colocó sobre la mesa de su despacho el baulito donde desde hacía muchos años, venía guardando los trofeos que de sus diferentes mujeres iba conquistando; retratos, pelo, guantes, cintas; flores marchitas, restos melancólicos de primaveras remotas, zapatitos de seda que recordaban algún baile de máscaras... El desengañado burlador quería conservar cuanto perteneció á la amada muerta, á la inolvidable, y romper el resto. De pronto, su mano febril tropezó con la arquilla, ésta cayó al suelo y los recuerdos de aquellos viejos amores quedaron confundidos y revueltos en galimatías inexplicable. ¿Cómo descubrir entre los numerosos rizos de diferentes cabelleras morenas y rubias los que pertenecieron á la muy amada? ¿Cómo guardar el pelo de una mujer que no quiso? ¿Cómo tirar al arroyo los cabellos de la que amó?... Y el burlador sentía la desesperación trágica, desgarradora como un zarpazo, del fanático que ve caer á sus pies y saltar en pedazos una imagen bendita.
«Desde hace tres días—añadía el autor del cuento—vivo en una incertidumbre cruelísima que trastorna el concierto de mis ideas. ¿Dónde estarán los cabellos de la muerta?... La silueta macabra del suicidio bailotea ante mis ojos y sonríe, mostrándome sobre su semblante de ébano unos dientes muy blancos y unos labios muy rojos, que convidan con el último beso...»
No pude seguir; el regente de la imprenta llegaba pidiendo original.
—¿Cuántas columnas faltan para completar el número?—pregunté.
—Tres.
—Toma ese cuento y que vayan componiéndolo; falta una cuartilla que irá en seguida...
Permanecí solo, el ceño fruncido bajo la impresión poderosa de aquellas cuartillas extrañas, recordando el semblante lívido y enjuto de su autor, y sus ojos inmóviles que parecían inspeccionar lo definitivo... Después volví á la realidad, abismándome en el examen prosaico de los telegramas que iban llegando. Eran las cuatro de la madrugada. Pasó otra media hora. El regente reapareció pidiendo la última cuartilla del cuento... Me quedé perplejo, no sabiendo qué hacer; el desconocido no había vuelto; la tirada del periódico iba á retrasarse por una tontería...
En aquel momento llegó el reporter, que venía del Juzgado de guardia con las últimas noticias.