—En ese caso...
Alargué la mano y cogí las cuartillas que el desconocido continuaba ofreciéndome. Le dí aquella contestación ambigua que á nada me comprometía, para que se fuese y quedarme tranquilo. El así lo comprendió, porque repuso:
—¿Cumplirá usted su palabra?...
Y me miraba, registrándome con los ojos el pensamiento. Yo, creyendo realmente habérmelas con un loco, contesté:
—Sí.
—¿Lo promete usted por su fe de caballero?
—Lo prometo... siempre que el artículo sea bueno.
—Entonces me voy tranquilo; el artículo es bueno; se publicará...
Dió algunos pasos para marcharse; de pronto se detuvo dándose una palmada en la frente, recordando algo muy importante:
—Mi cuento—dijo,—no está concluído, pero no importa... voy á terminarlo dentro de un momento; falta sólo una cuartilla, la última. Cuartilla que traerán, caso de que yo no pudiese volver, antes de media hora.