—¿Quién es?—pregunté.

—No sé; no quiso decir su nombre. Asegura que necesita verle á usted para un asunto urgentísimo y de mucha importancia...

—Está bien; que pase.

Permanecí mirando impaciente á la puerta, irritándome contra el desconocido importuno que venía á interrumpir mi trabajo. Luego mi mal humor cesó, trocándose en un sentimiento de curiosidad que había de ir en aumento. El recién llegado era un hombre alto, extraordinariamente delgado, preso en un gabán azul. Representaba cuarenta años: tenía la frente grande, el rostro enjuto, la barba canosa y mal cuidada, la nariz aguileña, los labios desencantados y finos; sus ojos miraban con esa expresión penetrante y fría de los marinos viejos acostumbrados á interrogar el horizonte...

Saludóme con una leve inclinación de cabeza, y sin más ambages se acercó presentándome una docena de cuartillas.

—Tome usted—dijo,—es un cuento, acaso una historia... que acabo de escribir.

—¡Un cuento!—repetí admirado de que viniesen á ofrecerme á tales horas un retazo de amena literatura.

—Sí—añadió mi interlocutor sin inmutarse,—un cuento precioso, originalísimo, que debe publicarse en el número de mañana.

—¡Usted está loco!—exclamé riendo, más sorprendido que irritado de aquella exigencia;—á hora tan avanzada de la noche los periódicos diarios sólo pueden admitir telegramas y noticias de gran actualidad é interés general.

—Es que mi cuento tiene actualidad...