C.—Ni yo acierto á expresarme mejor. (Levantándose.) Adiós. Elisa.
E.—¿Quedamos, pues, en que mañana quedará despejada la incógnita?
C.—(Con firmeza.) Sí.
E.—¿Palabra de honor?
C.—Palabra de honor.
(Se despiden estrechándose las manos largamente.)
Al día siguiente Elisa recibió el retrato prometido. Venía dentro de un estuche. Era un espejito de mano.
UN CUENTO RARO
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Yo dirigía, por aquella fecha, un periódico diario de gran circulación. Era una madrugada de Enero: me hallaba en mi despacho, escribiendo á vuela pluma la última hora. Los suelos estaban alfombrados, los cortinajes de las ventanas corridos; en el hogar ardía un buen fuego de tuero y encina; el quinqué con pantalla verde puesto sobre mi mesa de trabajo, proyectaba á su alrededor un cono luminoso: las manecillas de un grave reloj de bronce colocado en la chimenea, bajo un almanaque de pared, marcaban las tres de la madrugada.
La puerta del despacho abrióse lentamente y un ordenanza anunció la llegada de un caballero que deseaba hablar conmigo.