Cuando aquella noche Claudio Roldán se presentó en el cuarto de Matilde, ésta le recibió sonriendo:

—He leído su carta—dijo;—es usted un hombre original.

—¿Y accede usted á mi deseo?

—Sí... ¿por qué no?... Los artistas, como usted advierte muy discretamente, nos debemos al público.

Roldán no supo qué responder, estremeciéndose de cabeza á pies con un sacudimiento delicioso, cual si acabase de recibir en la espalda una ducha de felicidad. Luego, queriendo cerciorarse de que sus oídos no le habían engañado, preguntó:

—¿Cuándo nos vemos?

Ella frunció el lindo entrecejo, dudando.

—Espere usted... Mañana, no tengo ensayo; pues... mañana mismo.

—¿Dónde?

—En la plaza del Rey, á las dos de la tarde.