Lo dijo con afabilidad desdeñosa, como quien no da importancia á lo que dice.
Al día siguiente, en efecto, se vieron. El esperaba desde hacía largo rato cuando ella llegó; iba ataviada con elegancia y sencillez, como una burguesita de buen gusto.
—Esto—dijo, estrechando cordialmente la mano que Claudio le ofrecía,—viene á ser algo así como una función de tarde.
El la miró receloso y feliz: después subieron al coche. Durante el paseo, Claudio estuvo conversador, apasionado, elocuente...
—Tú eres—decía,—el ideal que yo perseguí tantos años, y si tuve relaciones con otras mujeres, fué porque en ellas creía hallarte. Todas tenían algo tuyo: unas, tus ojos, brillantes y agudos; otras, tu ingenio picante, de variados recursos, ó tu frente pequeña, bombeada, embellecida por el arco pensativo de tus cejas; ó tu boca de rojos y cariñosos labios, llenos de piedad, ó tus manos, entre cuyos dedos infantiles algún hechicero puso el difícil secreto de todas las voluptuosidades... Por eso te quiero tanto, Matilde, porque tú sola, con ser tan pequeña, comprendías cuanto de hermoso y adorable mi experiencia fué hallando en las demás mujeres.
Ella le escuchaba sonriendo, y en la penumbra del coche sus ojos parpadeaban con expresión indescifrable, desesperante... De pronto Claudio creyó que la actriz le engañaba, y exclamó:
—Pero... ¿oyes lo que digo? ¿Es cierto que me quieres?
—Sí.
—¿Es cierto que mis palabras despiertan en tu alma un eco simpático?
—Sí.