La miró de hito en hito, temiendo haberse franqueado tanto con aquella mujer que nunca había querido. En el café, Claudio Roldán estuvo más sereno y su conversación fué menos arrebatada, más íntima. Hablaba en voz baja, oprimiendo entre sus manos las manos de la actriz; luego intentó una caricia algo más atrevida: la joven le contuvo suavemente:

—¡Ambicioso!—dijo,—¿no estás contento aún?

Claudio la miró con ojos bañados en lágrimas de agradecimiento infinito.

—¡Tienes razón!—murmuró;—me has hecho muy feliz; el recuerdo de esta cita durará lo que dure mi vida...

Quedó silencioso, la cabeza caída sobre el respaldo del diván, mirando al techo.

—Hablemos—dijo Matilde.

—No—repuso Claudio,—mejor estamos así; hay estados de alma intraducibles, estados que se sienten, pero que no se oyen... Déjame...

Ella le miró sonriendo, con risa compasiva. Luego dijo:

—¿Vámonos?

Roldán levantó la cabeza bruscamente, atónito, como quien despierta de un sueño profundo.