Claudio la miró con ojos inmóviles, brillantes; ojos de loco que no pestañea; sus labios lívidos temblaban. Matilde continuó:
—Yo me he limitado á complacerle en todo cuanto usted ha solicitado de mí...
—De suerte que esto ha sido...
—Una comedia.
—¡Una... comedia!
—Sí.
Claudio Roldán, anonadado, no supo qué responder. La joven agregó:
—Usted me decía en su carta que «los artistas nos debemos al público...» y yo, como actriz, accedí á su deseo. Usted era para mí... un espectador; un espectador á quien aprecio mucho, y para cuyo recreo he representado la comedia del amor durante algunas horas.
Y añadió tras una breve pausa:
—Separémonos, Claudio. El telón ha bajado ya; la representación ha concluído.