Horrorizado de sí mismo, Gluck el Inimitable, echó á correr; iba con los ojos fuera de las órbitas, anhelante de fatiga, chorreando sangre, y aquellos hilillos rojizos se coagulaban formando sobre su pecho y sus hombros desnudos, extraños arabescos. Al llegar al corredor, todos los artistas que por allí andaban retrocedieron espantados, mientras Gluck les miraba estúpidamente, buscando un rostro que no hallaba. En aquel momento reapareció Adriana, que volvía de la pista sonriente y cargada de flores: Gluck, al verla, corrió hacia ella lanzando un grito de macho vencedor. Adriana palideció hasta la lividez, y bajo la acróbata viril que levantaba nueve arrobas con los dientes, reapareció la hembra, dulce y tímida.
—¡Sólo mía!...—exclamo Gluck;—¡más valiente que Nemo, más fuerte que Alsini!...
Y repitió varias veces:
—¡Sólo mía!...
Después, sujetando á Adriana fuertemente por las muñecas, murmuró con ese acento de rencorosa satisfacción del hombre que puede vengarse devolviendo ojo por ojo.
La herencia de un gran hombre
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Ella le amaba mucho, locamente, con ese cariño sumiso, idolátrico, que las mujeres sencillas profesan á los hombres de genio.
El matrimonio fué para Luisa una negación de sí misma; Pablo la empequeñecía y eclipsaba como el sol obscurece el brillo de los planetas que de él reciben luz y calor: cuantas personas visitaban su casa preguntaban por él... de ella nadie se acordaba: ella sólo era la mujer del gran hombre, una cifra sin valor, una compañera fiel que, después de introducir á los visitantes en el despacho de su marido, se retiraba discretamente cerrando la puerta. Y, sin embargo, aquella negación, aquel olvido, constituían, sus mayores orgullos, pareciéndola que su infinitesimal pequeñez era lo que mejor acreditaba la pasmosa altitud y endiosamiento del esposo.
Tan idolátrico fué aquel amor, que Luisa nunca sintió su pobreza; pues conviene advertir que su marido era muy pobre, con pobreza tan supina, tan solemne, como su mismo genio. Pablo tenía humorismos de loco: á veces el dinero que guardaba para gastos indispensables lo invertía en comprar un cuadro ó cualquier otro objeto artístico, pero inútil; ó bien regalaba á su mujer un traje de seda, sin acordarse de que no tenía zapatos. Mas á pesar de estos desequilibrios que solían ponerles en extremados aprietos, Luisa era feliz, con esa felicidad rotunda de los espíritus cándidos.