Así vivieron hasta que Pablo publicó un artículo violentísimo contra cierto crítico que le había censurado rudamente: aquel artículo provocó otros varios, y todos un desafío en el que Pablo recibió una estocada mortal.
Luisa, de pronto, se encontró viuda y sin otro cariño que el de un hijo pequeño. La muerte de Pablo fué tan repentina que ni siquiera tuvo el consuelo de poder llorarle; su pena no la arrancó ni un solo grito y sus lágrimas corrieron por dentro mientras sus ojos permanecían tristes y enjutos: fué un dolor mudo como el de los pajarillos á quienes el vendaval dejó sin nido en la época mejor de sus amores.
Al principio la joven fué lanzada en el torbellino de una existencia febril que no daba espacio á la reflexión: en pocos días recibió centenares de telegramas que había de contestar inmediatamente, y hallóse solicitada y perseguida por individuos que acudían á darla el pésame, y por periodistas que deseaban publicar el retrato y la biografía del ilustre finado: los actores la hablaban del último drama que estaban ensayando; los editores de la última novela: todos querían algo, todos pedían algo... y Luisa les veía pasar creyendo que aquella grave y ceremoniosa procesión de sombras enlutadas, no concluiría nunca.
Esta solicitud, no obstante, fué disminuyendo, la casa del gran artista iba sumiéndose en el silencio tétrico de las cosas olvidadas, y al fin Luisa se encontró sola en un hogar pobrísimo cuya frialdad y desnudez no había reparado hasta entonces.
Así permaneció varios meses: por la mañana le enseñaba á leer á su hijo en una novela de su padre, y leyendo aquellas páginas que ella vió escribir, lloraba copiosamente; por las tardes permanecía brazo sobre brazo, no sabiendo cómo emplearse ni qué hacer para conjurar la miseria.
Ella había vivido tan ajena á toda suerte de negocios y Pablo dejó sus asuntos tan embrollados, que la joven no pudo cobrar nada de los libros ni de los dramas de su marido: los editores decían que ninguna de aquellas obras estaba registrada y el abogado que se ofreció á poner en claro todo aquel laberinto, empezó exigiendo algunos centenares de pesetas para sufragio de los primeros gastos.
Luisa, acobardada, renunció á todo y vendió algunos manuscritos de Pablo para seguir viviendo; y entretanto, el prestigio del gran hombre muerto menguaba mucho más de lo que Luisa creía.
Llegó momento en que la pobre viuda, vendidos todos sus muebles y empeñadas todas sus alhajas, cayó en una situación precaria. En la cajita donde guardaba sus secretillos de esposa feliz, conservaba todavía un artículo de Pablo: ¡el último artículo!
Luisa dudó mucho antes de resolverse á vender aquel manojito de queridas cuartillas: era un cuento muy bonito, muy tierno, que había leído muchas veces. Pero era preciso decidirse y se decidió, constreñida por el apremio brutal de la necesidad.
Aquella misma noche, vestida con un modesto trajecillo negro y llevando á su hijo de la mano, la viuda se encaminó á la redacción del periódico que su marido dirigió algunos años y, durante el trayecto, pensaba en aquellas cuartillas que oprimía nerviosamente contra su seno dolorido, dándolas un romántico adiós, apasionado y mudo. Cuando subía las escaleras de la redacción, un ordenanza le salió al encuentro.