—¿El señor director?—preguntó Luisa.

Está ocupado.

—Dígale que la viuda de don Pablo de Tal..... desea verle.

El ordenanza se fué y luego reapareció murmurando:

—Pase usted.

Luisa penetró en un despacho decorado con elegante sobriedad: la sillería era de cuero, el piso estaba alfombrado y los huecos de las ventanas disimulados por densos cortinajes de color obscuro. Ante una mesa había un individuo que escribía febrilmente, con el pálido semblante bañado en la penumbra melancólica de un quinqué con pantalla verde. Al ver á Luisa, aquel caballero se levantó con afectada solicitud y la ofreció una silla. Después hablaron un poco del ilustre muerto; los ojos de Luisa se humedecieron; su interlocutor también pareció muy conmovido; luego la invitó á que explicara el objeto de su visita...

—Le traigo á usted un artículo.

—¿Un artículo?

—Sí, señor; de Pablo...

—¿Para qué?