Luisa se detuvo dolorosamente, sorprendida por la pregunta del que fué antiguo compañero de su marido.

—Por si lo quiere usted—repuso tras una breve pausa;—no puedo cobrar nada de lo que empresarios y editores me deben, y ahora tengo compromisos...

Sus mejillas echaban fuego; no podía hablar.

—¡Oh!... Comprendo; pero, ahora, un artículo de Pablo... no tiene oportunidad... ¡Si hubiera sido cuando él murió!...

Luisa rompió á llorar.

—Tiene usted razón—murmuró;—pero éste es su último artículo, el último... y yo no quería venderlo.

—Vaya, no se aflija usted, aquello pasó... Siento que el periódico no pueda pagar lo mucho que valdrán esas cuartillas; pero, en fin, ¿cuánto quiere usted?

Lo que ella deseaba era concluir pronto y escapar de allí; el precio ya no la importaba.

—¿Pondremos... cuarenta pesetas?

—Bien, bien...